Liminal – Nada más doloroso

 

Nada más doloroso
que la fecha impresa
en una antigua ficha de identificación.
Nos avisa,
sin perdón ni tacto,
del tiempo perdido
y no recuperable.
¿Hay la posibilidad de una conspiración,
de un traidor que la haya manipulado?
¿Me habré equivocado
y ese día marcado no era tal
sino unas tres semanas antes?
Deseas que se equivoque
el interventor,
el contable,
el cajero.
Ese día en que todos los semáforos se pusieron en verde cuando corrías hacia el /trabajo,
ese día donde una mujer mayor te contó su enemistad inquebrantable con una /vecina,
ese día en que te dolía la cabeza y sólo querías dormir.
¿Tanto tiempo ha pasado?

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Liminal – Marco la línea en el suelo

Marco la línea en el suelo
entre tú y yo.

Dejando el límite infranqueable.

Construyo una acequia, un muro, un seto,
una alambrada, un foso, un camino de ladrillos.

Así cada día que nos saludamos:
tú, en tu margen;
yo, en el mío.
Nunca habrá dudas, ni mezcla,
nunca te aproximarás lo suficiente,
ni yo invadiré tu parcela.

A veces, por quién sabe qué razones,
quizá desees pasar la línea,
otras veces, querrás que pase yo;
y nos reiremos
hasta que la autorización cumpla su plazo
y esté obligado a volver a la posición inicial.

Ten cuidado.
Si por alguna razón
sé que has traspasado la línea,
pondré la defensa más alta.
Y aunque me duela no verte
no me importará demasiado.

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Liminal- Ojalá pudiera

Ojalá pudiera
abrazar al mundo
como lo haces tú,
desde el desespero.

Ojalá pudiera
borrar las líneas
limítrofes y los idiomas
sin dialectos.

Ojalá que todo lo dicho
por los discursos y las comparecencias públicas
fueran hechos.

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Liminal – Te has convertido

Te has convertido
en el extraño ser
que tengo delante de mí.

Con tu mismo color de ojos,
el fruncido de tus labios
y sin embargo,
con el aura monstruosa
de lo desconocido.

A veces te explico demasiado las cosas
ahora, en contra de lo que creía,
ya no me parecen tan pregonadas
ni tan innecesarias.

No me importa morder mi lengua
y dejar las horas silenciosas transcurran
sólo para rescatar parte de lo que recuerdo.

Yo he cambiado,
tú has cambiado,
y tengo miedo que no haya permanecido nada.

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Perro

Estoy matando a mi perro. No sé qué comida debo darle. En el supermercado la hay de pollo, de ternera, con bifidus, con verduras de la huerta, enriquecida en provitamina A, E, 0…  Está cabizbajo, oliendo el suelo de este piso casi vacío. No he llamado.

Fue un regalo. Pasa sellar una relación duradera, para demostrar que podíamos durar tantos años como para criar y adiestrar a un cachorro de Pomerania como el que ahora me está mordiendo la falda azul. Tiene cinco meses. Todavía se mea de vez en cuando, pero ya  creo que lo  tengo controlado.

   Le dije a mi marido que lo había comprado en un arrebato. Iba por el centro comercial, el de la Marquesa, y pasé con una amiga delante de una tienda de animales. Perritos, loritos, culebrillas.  Los cachorros se dividían en compartimentos trasparentes, supongo que de metacrilato. Quería tener un perro pequeño. Mi padre odiaba los animales, y sólo por eso, lo compré. Miré los chouchou, los chihuahuas – qué grima– y al final me decidí por mi querido Beckham.

Lo llevo en mi bolso de pedrería a todas partes. Mi marido me dice que le parezco ridícula, pero yo me siento bien con el complemento. Ya me sé todas las boutiques que me dejan entrar con él.  Cuando quiero visitar alguna que no lo permiten, lo dejo en casa con mi hijo mediano. A los otros no les hace gracia.

En realidad es un regalo de Sebastián. Me demostró así que quería que  nuestra relación fuese duradera. Es un encanto. Cuando nos vemos, en cualquier piso que nos veamos, lo llevo para que lo vea.  Lo encerramos un ratito para hacerlo, e incluso le lleva regalos, como a mí.  Antes nos veíamos una vez  por semana, pero ahora nuestra cita es quincenal.

Nos vemos en casas alquiladas. A la hora de comer. Trae la comida para no perder el tiempo en salir a restaurantes. Lo prefiero. Me gustaría pasar una noche con él, dormir juntos, despertarnos…  Pero tiene que volver cada noche a casa, lo comprendo.

Son casas donde nunca hay una cama. Generalmente, tomamos una copa, lo hacemos en el sofá y volvemos a nuestras casas. Un apaño, para tener las tardes libres para las amigas de la ópera y la asociación de protección a la infancia.

Soy sincera, no me importaría dejar a mi marido y mis hijos, todos son unos independientes egoístas. Igual que yo. No creo que a ninguno de ellos le importase.  Mi  hijo mediano se enamoró del perrito al verlo, lo quiere más que a mí. Se ha convertido en mi aliado que me permite ocultar que el perro no me importa. El chico se desvive con su mascota tras volver de la universidad, me quita responsabilidades.

Espero en este apartamento sin sofá. Me hizo recoger las llaves y me tiene esperando, ya no es tan atento. Sólo hay una mesa camilla y una nevera. Beckham está más insoportable de lo habitual. Debería indignarme, pero la ridícula idea de verme sobre la mesa de la cocina como un pastel de carne, no me disgusta.

No me ha mandado ningún mensaje. Se está haciendo el loco. Quiere darme puerta. Es un aprovechado y presume de ello. Es un canalla y me parece bien. Aunque llegue tarde… Él sabe que no me importa. Pero llega demasiado tarde. El perro está más intranquilo que yo. En cuando llegue le tiro la comida a la cara, la hora de comer es muy corta y yo también tengo gestiones que hacer. Además sabe que cuando me enfado me pongo fuera de mí. Y no me importa patear al perro si lo tengo que hacer.

Reconozco que a veces  he tratado mal a mi perrito. Pero se portó mal. SE comporta como él. Me lo compró para ahondar, porque quería ir más allá conmigo, porque quizás se planteaba algo más conmigo que acostarnos un día cada quince en el suelo de apartamentos sin cortinas.

Estaba cansado. Ya noté ayer que no se agitaba al verme. Ya no temblaba. Es muy tarde, no vendrá. Tengo que devolver las llaves al portero porque su amigo de la inmobiliaria va a enseñarlo esta tarde.

Cree que como soy una señora clásica y educada, no voy a  hacer nada si me deja. Soy capaz de enviarle el perro por correo. Porque no quiere nada conmigo, yo tampoco quiero nada de él. Le devuelvo todos los regalos. Menos los pendientes de diamantes. Creo que es un buen pago por aguantarle lo que no le aguanta su esposa.

El perrillo se acaba de despertar y me lame los zapatos. Podría enseñarle nuevos juegos, o enviarlo a la perrera. Dejárselo al niño como único dueño y que lo pasee por el campus.

Ha pasado ya la hora. Ni siquiera un mensaje. Ahora sabrá que no soy esa tontita. Me presento en su casa con el perro y lo colgaré del dintel con una notita: “Gracias por nada, cariño”.

 

 

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Trofeos

TROFEOS

María murió a los cincuenta y cuatro años debido a aneurisma. Dejó dos hijos mayores de edad, una chica de veinte y un chico de treinta. No había tenido ningún síntoma anterior y su familia y amigos quedaron desamparados, inexplicables.

Su exmarido, que ya se acababa de divorciar de su tercera mujer, se ocupó de todo. Siempre había sido el favorito de su exsuegra que martirizaba a María por su gran traspié al aceptar la separación del matrimonio sin luchar lo suficiente.

María trabajaba en la recepción de un hotel de cuatro estrellas con una experiencia de dieciséis años y cuatro meses. Sin embargo sólo había viajado dos veces en avión, una en una barca de pescador y dos docenas más en autobús. Los puntos como empleada los regalaba a sus conocidos, que se peleaban por esos viajes gratis, especialmente los caros viajes de boda.

María tenía un secreto, al que consideraba demasiado raro y excelente, algo que protegía por su estimación, demasiado bello para divulgarlo. Los items que hallaba  entre las páginas de los libros de las bibliotecas, de las librerías; en las rendijas de los ascensores, en las hendiduras de los árboles eran atesorados en una carpeta con bolsillos de plástico, etiquetados.

Las hojas manuscritas, las cuentas de los restaurantes, los recortes de periódicos o las cartas para barajar o con los sellos arrancados. Casi siempre eran nombres propios, teléfonos, iniciales, garabatos. No se quedaba nada más con los que poseían dimensiones de menos de un folio, el tamaño de su carpeta.hotel

No era una coleccionista, no tomaba todo lo encontrado, sólo cuando al leer un pequeño látigo en su nuca brotaba, lo limpiaba si estaba sucio, y se lo llevaba. Lo escondía como el caramelo de los siete años que encontró a medio comer en el suelo y lo llevó para lavarlo. Como el porrito a medio fumar que le regalaron a los catorce. Con cierta idea de secreto y de contestación.

Su hijo mayor se topó con la carpeta en el fondo del armario, tras las mantas. Lejos de los documentos, de las libretas de crédito, los exámenes médicos, de las novelas que señalaba como pistas para poder escribir, cosa que nunca se atrevió a hacer. Las últimas eran las de fantasía, que amaba tanto su hija pequeña.

La hermana arrebató la carpeta del montón destinado a la basura, con tal fiereza que el hermano no pudo regañarle. Ella había visto con el rabillo del ojo cómo su madre la rescataba del fondo y la revisaba. En su cama, abrió el fuelle y su mirada dio con una hoja de arce. De ésas  que se olvidan dentro de un libro y que se vuelven papel con el mismo grosor de las páginas. El rostro de la madre se volvía feliz al verla.

Era el bolsillo llamado “Otros”, nada de papeles. Flores secas, envoltorios metálicos de chicles, unas estrellas recortadas de plástico, hebra de hilo azul para coser a máquina, y hojas.

El hermano abrió la puerta y entró sin llamar, no era momentos de educación. La hermana le mostró la hoja de arce en la mano. Y se tuvo que enfrentar a sus recuerdos, él mismo buscó su objeto preferido, allí estaba: la calcomanía de un hipopótamo sonriente que había encontrado junto a su madre a los ocho años en un libro de anatomía que había sacado para un trabajo.

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Tarde de perros

Tarde de perros (02)

 

LUZ.—Pero, ¿a qué no puedes decir lo contrario? ¿A que la que tendría que aguantar todos los días sería yo?

SITO.—Yo te ayudé la mayoría de las veces.

LUZ.—Casi todas.

SITO.—Vale, no quiero seguir, no hace falta que te embales. Bueno, es fácil que la adopten. Es simpática. Me gusta su pelaje canela. Sus ojos amarillos. Y el hocico que se le arruga como una pasa….

(Pausa).

LUZ.—¿Quieres cocinar?

SITO.—Uff, no me importa. A ver. ¿Le echo un ojo a los flyers?  (Ella se queda sentada. Sito se  levanta y revisa una cesta con publicidad). El chino, ya vino el martes; el italiano, es caro de cojones; el mexicano…

LUZ.—Hoy no, por favor  picante, no.

SITO.—Yo tampoco. Turco, tailandés, caribeño…  Creo que tengo que ser serio. No quiero que volvamos a estar mal a fin de mes. ¿Te hace una tortilla francesa y palomitas?

LUZ.—¿Cocinas tú?

SITO.—Me ha tocado por listo.

LUZ.—Quizá vaya ahora mismo al súper de abajo a por un tomate, algo para ensalada,  y algo de queso. Para equilibrar toda la carne de la semana.

SITO.—Sí, y plátanos.

LUZ.—Como los críos, sólo comes plátanos.

SITO.—Sólo me van los plátanos y las uvas.

LUZ.—Vi por la cocina que aún llovía. Y el pelo se me va a rizar. Voy a estar hecha un cromo por la tarde.

SITO.—Estás impresionante con esos pelos de loca.

LUZ.—No te me pongas así.

(Se ponen romanticones. Sito se acerca. )

SITO.—Tienes la cara perfecta.

LUZ.—En otra ocasión quizás.

SITO.—Y eres una mujer elegante.

LUZ.—Eso sí.

SITO.—Somos la imagen perfecta de pareja.

LUZ.—Casi, bueno, claro que sí.

SITO.—Tal vez, que da una cosa para que nuestra vida sea de anuncio publicitario.

LUZ.—¿Cuál?

SITO.—Sólo nos falta un perro.

LUZ.—(Con suavidad) En un futuro, no te digo que no.

(Pausa. Se besan.)

SITO.—Todavía tenemos tiempo para recuperar a Tina, mañana podemos ir a buscarla.

(Luz se separa)

LUZ.—No vamos a ir… Y no la llames Tina.

SITO.—Es un nombre fácil. Alegre.

LUZ.— Ponerle nombre de gente a un animal estúpido, es darle importancia.

SITO.—¿Por qué lo dices?

LUZ.—Porque te engancha, lo humanizas; un animal es exigente, te corta el tiempo, en horas, en dinero.

SITO.—(Se quiere aprovechar de la actitud conciliadora de Luz.)Piénsalo. Con un poco de esfuerzo podríamos cuidarla. Si queremos podemos encontrar horas.  Hay muchas maneras de arreglarnos… Y tenemos amigos, y familia.

LUZ.—¿Pedirle a mis  hermanos, o a los tuyos, que se vengan a buscar nuestra perra? ¿De verdad quieres oírles pidiéndonos luego favores? No quiero eso. Si yo acepto algo, es mi responsabilidad. De nadie más.

SITO.—Buscar algo de ayuda no es malo.

LUZ.—Yo no hago las cosas para que otros me saquen los problemas como tú. Yo me basto. Pido ayuda, pero cuando estoy con el agua al cuello no si puedo evitarlo.

SITO.—No tienes perspectiva.

LUZ.— ¿Qué?.

SITO.—Tenemos encarrilada nuestra casa. Estamos bien, perfectos, nos entendemos. Estamos en un buen momento. Y no lo quieres ver.

LUZ.—¿Buen momento? ¿Yo a turnos en la cafetería y tú igual en el Lidl? ¿Pagando este piso y el coche? ¿Y el proyecto del bar que, si Dios quiere, podremos abrir el año que viene? Vamos. Desde la boda no tenía tantas ganas de trepar por las paredes.

SITO.—Tener un perro no es tan complicado.

LUZ.—Sí para nosotros.

SITO.—Ya sabes lo que dicen. Mejora la calidad de vida, el carácter…

LUZ.—(Intenta hacerle reflexionar.) Sito, por favor, déjate de chorradas. Mi cabeza me está matando. Ahora sí que trago la caja de lexatin entera.

SITO.—Piénsatelo.

LUZ.—No quiero, no estoy preparada..

(Luz le da la espalda. Amaga para salir, pero la frase de Sito le detiene.)

SITO.—Estoy harto de esperar siempre a que estés preparada.

LUZ.—¿Qué dices?

SITO.—He esperado siempre a que estés preparada, a que des tu consentimiento en todo. Esto es sólo una cosa más.

LUZ.—Calla.

SITO.—Tú abusas, te aprovechas.

LUZ.— Yo no abuso de ti.

SITO.—No es abusar, vale, es esperar el momento correcto, planificar demasiado, no dejarte sorprender por las cosas.

LUZ.—Alguien tiene que estar al dato para que esto no se hunda.

SITO.—Yo sobrevivía antes de conocerte, no tienes porque tomar responsabilidades que yo no te he pedido que tomes.

LUZ.—Sí, es cierto, y sin embargo yo creo que lo del bar que tanto deseas no va  a funcionar. Y aún así te apoyo porque veo que es una buena manera de encarar el futuro. El nuestro. Yo no me limito a seguirte, te doy salvavidas para que no te hundas. Y la perra es una gota más, algo que no podemos asumir. ¿Lo comprendes?

(Pausa)

SITO.—Lo intento. (Hace el último gesto.)Somos fuertes,  los dos, tenemos  carácter, nos echamos las cosas a las espaldas. Tener un perro que nos ayude a pasar el día a día, no es algo malo. Con un poco de esfuerzo…

LUZ.—No quiero más esfuerzos,  más cargas; no quiero luchar más de lo que tengo que luchar. Mi padre con demencia en el asilo, pagar la última multa, aguantar casi la mitad de mi sueldo en negro… Tengo treinta y dos, y estoy cansada, y con la cabeza a punto de explotar. No quiero un perro. No lo necesito. Por muy simpática que sea. El perro… la perra va estar mucho mejor en la perrera. Junto al campo de golf.

SITO.—(Asumiendo por fin la situación.)Tienes razón. Lo siento.

LUZ.—(Se acerca.)Te compraré uno, cuando podamos tener un piso grande como el de Carla.

(Luz se queda vencida en el sillón. Sito la ve. Saca el teléfono. Mueve el dedo por la pantalla. Se sienta junto a ella).

SITO.—Al menos puedes verla todas las veces que quieras.

(Sito le pasa el teléfono. Luz se relaja.)

LUZ.—Es muy simpática. Espatarrándose mientras me sigue. Eran las tres de la mañana. Es muy mona.

SITO.—Casi trescientos, en dos días. Hemos perdido ganar dinero con la nueva Lassie.

LUZ.—(Mira a Sito). Era muy mona.

SITO.—Cuando tengamos un piso más grande…

LUZ.—Un chalé… un gran chalé…

SITO.—La buscaremos y se la robamos a sus dueños. Entonces será toda nuestra.

LUZ.—Vale. Eso te lo compro.(Pausa)(Se miran. Luz se recompone.) Tengo hambre. Cojo las llaves, y el chubasquero.

(Luz se levanta. Inmediatamente, lo hace Sito.)

SITO.—¿Te acompaño?

LUZ.—No, no. Tú te quedas en la cocina. Que cuando suba me voy a comer todo lo que hagas.

(Luz vuelve a mirar la pantalla).

SITO.—Ves, no quitas los ojos de Tina.

LUZ.—Ya te dije que no era un buen nombre para un perro.

(Luz le devuelve el teléfono a Sito y le da un beso.)

 

(Sito se ríe, mientras observa a Luz que se pone la chaqueta, saca una cartera del bolsillo y mira a Sito. Luz coge las llaves y sale. Luego Sito mira la pantalla y apaga el teléfono.)

 

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Gallinas y lobos

Es que la gente es muy profunda, lee a Coelhlo, y a los gurús del Mindfulness, y todo ese  tufillo a Nueva Era pero que en realidad es muy auténtico, descarao.  Algunos recuerda los de Hermano Lobo, Hermana Gallina, de Francisco de Asís. Le pagas la cuota religiosamente a Greenpeace. Colaboras con la perrera (porque lo de los niños pobres ya está saturado). Busca tu tótem: verás que nunca se te ocurrirá  una lombriz o una oveja. Tú posees las cualidades de la pantera, no de un chihuahua , claro. Somos ecologistas, recicladores, amantes de la fauna; todos nos sentimos cercanos a Rodríguez de la Fuente, qué digo, a Dianne Fossey. Somos  machos y hembras alfa, los gorilas del Congo y no el pollo congelado del súper.

Si hasta los peruanos colocan cazasueños, pipa de la paz y lobos como si fueran suyos y no de los indios de más arriba. Una aberración. Eso sí, venden buenos discos de música de flauta de pan.

Conozco a las gallinas, son voraces, sin límites, si midieran algunos centímetros más nos comerían. Al menos el lobo espera a tener hambre, encima te invita a pelear, a que te defiendas; pero las gallinas no, arrasan de manera indiscriminada, desprecian en un tris lo que les dan y encima cacarean como chulas que son. Los criminales atacan en manadas —error— en bandadas de aves gallinacéa. Por eso dejan a los lobos en paz.  No abuséis de su imagen. No os pongáis camisetas creyendo que os da cierto empaque. Pensad en lo ridículo al explicar la trascendencia de la figura del lobo en tu camiseta. Seguro que si te acercas y lo ves de cerca, el dibujo te mirará con ojos tristes pensando en estúpido  marco triangular y colores pastel.

No te gastes tu dinero en libros o cursos de meditación o de entrenamiento mental. Los lobos no saltan del bosque a las camisetas desvaídas del mundo hipster. Es un gran mercado, un buffet, una barra libre, ese es el sitio donde demostramos mejor nuestra cara gallinácea: La inmensidad de un futuro gratis donde picotear.

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Tarde de perros

Tarde de perros (01)

 

(Salón pequeño decorado con muebles de Ikea. Se abre la puerta, entra una chica a la que le falta poco para los treinta (LUZ).  Se mesa los cabellos mojados. Detrás de ella aparece un chico de edad parecida (SITO), también con el pelo mojado, que cierra  la puerta. Sito deja las llaves en un cuenco junto a la puerta. Ambos se quitan la chaqueta.)

 

SITO.—Se pudo malo de repente. Ya verás que justo ahora parará.

LUZ.—Al menos pudiste aparcar cerca de casa.

SITO.—Tuve miedo a coger la salida. Menudos relámpagos. Sabía que iba a llover. No debimos ir.

LUZ.—Teníamos que ir sí o sí. Vaya manera de perder el día libre.

SITO.—Sí, tardamos más de lo que creía.

LUZ.—Es que ese sitio está  donde Dios perdió la cartera.

SITO.—Cerca del campo de golf.

LUZ.—Sí, todo céntrico.

(Estornuda)

SITO.—Tómate un trago. Vas a coger frío.

LUZ.—No es hora de tomar un chupito. Tengo hambre. Tenemos que ir a ver a ese músico.

SITO.—No vayas.

LUZ.—¿Y quedarme en casa viendo la tele? Prefiero aburrirme en el bar.

SITO.—Ya veo que te gusta el trabajo, libres o no, siempre estás en el bar.

LUZ.—¿Me llamas alcoholizada?

SITO.—No,pero vas hecha un calcetín sudado.

LUZ.—(Con descrédito). Voy a tomarme un lexatin.

SITO.—Sólo uno.

LUZ.—Uno solo.

SITO.—Trae una toalla para mí. (Pausa.) ¡Tengo hambre!

(Entra Luz. Se está secando la cabeza. Le lanza otra toalla a Sito.)

LUZ.—Tendríamos que haber parado en el burguer.

SITO.—En ese momento no tenía hambre.

LUZ.—Yo tampoco. A ver si sólo paramos cuando a ti te da la gana.

SITO.—Casi siempre hacemos lo que quieres.

LUZ.—Porque yo pienso.

(Pausa) (Sito lucha por no decir lo que piensa. Le tiembla el cuerpo.)

SITO.—No me gustó la perrera.

LUZ.— Sito, si tienen jardín gigante, y duchas, y un parque de juegos. Con un montón de señoras pijas cuidándoles. Ya quisieran muchos niños vivir allí.

SITO.—De sobras sabes que no pueden estar encima de ella todo el día. No le harán caso.

LUZ.—Es un perro, se buscan la vida. Y es un cachorrito. Se la van a quitar de las manos.

SITO.—¿Cómo una oferta de detergente?

LUZ.—No te pongas chulo.

SITO.—No, sólo quiero que pienses.

LUZ.—Pienso en ella. Seríamos malísimos dueños.

SITO.­­—Claro que no, la cuidamos, ya nos había cogido cariño.

(Luz se levanta.)

LUZ.—Sito, ¿crees que estaría mejor en este piso, en 30 metros cuadrados, sola toda el día? Vamos.

SITO.—Carla tiene el suyo en un piso parecido.

LUZ.—Pero Carla se queda en casa mientras Dani trabaja. Además lo usa para perder unos kilos, para tener una excusa y darle un paseo. Que me lo ha dicho.

SITO.—Ella trabaja en casa, vale, y cuida de un crío. Y encima el perro le quita tiempo.

LUZ.—Eso no. Hacer páginas web es un trabajo, de acuerdo, se gana bien la vida, tranquila, en su casa… Nosotros no tenemos su dinero.

SITO.—Ellos no ganan mucho más que tú y yo.

(Sito deja la toalla a su lado.)

LUZ.—Ya sé que tienen problemas para llegar a fin de mes, como todos los que conocemos.

SITO.—Entonces, con más razón, nosotros podemos tener lo mismo que ellos.

LUZ.—Joder Sito, no me golpees la cabeza con tus neuras.

(Luz arranca la toalla que tiene Sito a su lado.)

SITO.— (Humor) Sé que en realidad te dolió dejarla. Te vi al darte la vuelta.

LUZ.—Venga, no me des la vara.

SITO.—(Voz alta) Cuando se la llevaron la miraste por última vez, te volviste hacia el horizonte  y no miraste atrás. ¿Por qué no lo reconoces?

(Luz entra). (Pausa)

LUZ.—Vale. Era graciosa, alegre, una monada; pero también se cagó en la cocina, se quedó encerrada en el armario y encima los vecinos nos golpeaban las paredes por la noche y me quemaban cada vez que salía de casa.

SITO.—No hacía tanto ruido. Lo sabes. Estamos en un edificio que odia a los perros.

LUZ.—Nuestros vecinos son de periquitos, o de peces tropicales, incluso creo que el de la terraza tiene una boa constrictor.

SITO.—Es un tipo rarísimo. Parece tener pasta, pero es raro de cojones.

LUZ.—Por eso la dejamos allí.

SITO.—Era muy buena. No hacía de ruido. Lo que nos pasaba no era tan grave como para no intentarlo.

LUZ.—Basta. Entiéndelo de una vez. No es sólo por los vecinos, ni por el piso. ¡No quiero que mi casa huela a perro! No puedo tener esa responsabilidad. He gastado tres litros de leía, tres,  desde que la encontramos. Y que conste, quién limpiaba era yo.

SITO.—No te pongas tantos méritos.

 

(VER SEGUNDA PARTE Y ÚLTIMA)

 

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Poemas de los cambios

La melancolía no es amarilla sino un verde pálido.
La nostalgia sí es amarilla, sin el brillo del oro.
Melancolía aún conserva algo de la esperanza
que tuvo por lo amado y ya perdido.

 

Las moscas bebían la sangre de la manzana, puestas en filas como cerdos en una artesa. Aprovechaban las heridas en la piel para agruparse, apiñadas, ocupando todo el espacio, acotándolo. Formaban una guirnalda negra, comprimido encaje de lunares semicircular. Temblaban, intentando no separar sus bocas de la carne suculenta.

 

 

Advierto el cambio de las estaciones
cuando paso por el mismo lugar
en que se ve el crepúsculo,
luego noto las primeras horas del ocaso
y, tras muchas jornadas,  la última luz del día.

 

Igual que me gusta ver la errata en el libro, la grieta en la pared enlucida, el hilo suelto en una camisa; no por destruir un trabajo bien hecho sino para comprobar que, por la piedad de los dioses, la perfección no existe. Quizás muchos dirán que quiero proyectar mi ineptitud, mi mediocridad, para otorgárselo a los demás. Puedo aceptarlo, si no se llaman a sí mismo magníficos.

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