Murallas (Novela corta) – 24/3

24.3

A las cuatro, mi jefe volvía de su expedición por los bares rivales y amigos. Quedaban una docena de clientes, a pesar de que el día siguiente era laborable. Como si fuera ahora, yo estaba sacando del lavavajillas las copas y los vasos de tubo, yo lo vi entrar pero no dejé de secar la cristalería, y por eso me sorprendió al oírla voz ronca.

—Oye, Nere, ¿sabes lo que me han dicho de tu amigo Nes? — se me cortó la respiración—.Me contaron que ha salido de prisión preventiva.  Así que vigila tu espalda.

Él se empezó a reír y yo le correspondí mirándole. El entró en el despacho. Cerré el lavavajillas y limpié el mostrador. Una pareja que estaba tomando unas cervezas habían abandonado la mesa. Cogí la bandeja y en el camino, un tipo con barba me pasó un billete para que me cobrara las consumiciones de su mesa.

El jefe ya estaba en la barra cuando volví.

—Habrá que cerrar, qué ya es tarde, ¿no? —. Eso dijo, pero estuvimos hasta casi las seis. Insistí en limpiar a fondo y alargué todo lo posible el porro. Pero mi jefe quería ver a sus críos antes de que desayunaran.  Me ofreció llevarme a casa, pero no quería que llegase tarde a la suya, en la otra dirección,  y me dejó en la parada, bastante concurrida con otros fiesteros. Nunca había visto la muralla desde el sitio exacto donde había caído Yesca y decidí que era el momento justo. Rodeé el muro de la ciudad, la leve curva nunca hecha. No  estaba lejos, aunque lo parecía, y me coloqué en la zona de césped,  mis pies,  justo donde su cabeza se ladeaba. Levanté los ojos y pude ver en la barandilla de piedra,  la parte de arriba de una persona tapada con una sudadera con capucha. Las noticias de Nes habían sido preocupando, quizás era él el que homenajeaba a Yesca como ella. ¿O era Noemí? De repente sentí una corriente fría, con el rabillo pude  ver que   desde mi derecha venía el bus que bajaba la velocidad. Corrí hacia la parada. Era una buena excusa para  apartarme de cada piedra de la ciudad vieja. La cola de los trasnochadores me permitió conseguir subirme a tiempo.

El camino hasta mi barrio fue como si el tiempo se suspendiese, agarraba mi móvil con el juego que empecé, las caras de la gente se parecían, las mismas personas subían y bajaban, las conocía a todas. Todas se parecían a mí. Notaba que los chicos más jóvenes me miraban. Pero pronto se cansaban de mí. Así que cuando el autobús recorría la arteria del barrio, con las panaderías y las cafeterías abiertas,  me di cuenta tarde.  Casi me paso de parada. El día ya casi total. Doblé por la segunda transversal y me quedaba un último desvío hacia la derecha. Tras rodear la esquina, pude ver la réplica de Yesca.

El coche de mis padres ardía, en realidad, comenzaba a arder. Las llamas aún no eran enormes, se trenzaban uniéndose y destejiéndose, con algún remolino,  como el agua, revolvían el aire todavía oscuro. No puedo decir que comprenda el humor de Yesca, pero la pureza de las llamas, aumentando sin cesar, me dejó sin aliento. Fue uno de los momentos más bellos de mi vida. Empecé a escuchar una sirena, las pequeñas explosiones, algunos gritos, las llamaradas que iban quemando todo el coche; los bomberos se acercaban y yo no quería que apagasen ese espectáculo.

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Murallas (Novela corta) 24/2

24.2

Desperté de la siesta con una canción de un tipo de voz suave y a la vez con continuos chillidos, soplidos; era el cantante favorito de la enfermera. Creo recordar ahora mismo, que ella era Conchita, o algo así. No me molestaba especialmente, pero sí bastante. La espalda me dio un tirón, es que me había dormido en una posición de lagarto, con la boca abierta de par en par y la panza aplastada contra el colchón. Estaba agarrotada, recuerdo estiré el brazo para coger el coletero y me cabreé. Eso me recordó las visitas de Guillén los viernes, por una parte fue bueno, porque lo aclaramos todo; por otra, fatal, porque se convirtió en un cliente más, y ya no le funcionaba su caída de ojos conmigo. Me dio la vara con todos sus recuerdos por Europa, pero bien. Es a la primera persona que le conté, sin pensarlo mucho, que ya me había matriculado en mis estudios de ayudante de veterinaria. Creo que se puso orgulloso de verdad, por mí.

 

Me restregué la piel cuando me duchaba, me hice una herida que me molestó toda la noche. No podía relajarme. Tenía que coger el coche sin dormir y encima el jefe llevaba una temporada algo pesado con la baja de volumen de negocio y me hacía repasar cada céntimo durante el arqueo. Ya por aquella época comenzaba a gustarme menos la noche, por lo menos las copas no me sentaban tan bien como a los dieciséis. Eso sí, ese día teníamos la fiesta patrocinada por una marca de ron catalana. Ya había apartado varios objetos de promoción para mí: una cartera de marca con un pez payaso y una camiseta con el mismo logo. Tomé un yogur con chocolate. Me pasé la sobremesa jugando con mi móvil: uno era de un mono que subía por un tronco y lanzaba frutas a cocodrilos, si no eras mañoso con las serpientes que se enroscaban en las ramas, caías envenenado al río; otro era de crear seres híbridos para superar pruebas atléticas; otro, manejar un catamarán e intentar cruzar un estrecho con remolinos, monstruos… Era muy buena. Nadie se atrevía a retarme. Cuando tuve que salir corriendo, perdí una jugada magistral, pero la recuperé en el trayecto del bus.

Me sentía bien, algo cansada, con ganas de descansar el lunes. Al bajarme en la parada, y entrar en el centro histórico me hizo sentirme aplastada; encerrada. Sobre todo cuando comencé a callejear buscando la zona este. Me introducía en el callejero sin esquinas, un laberinto del que nunca podría salir. Sonsoles y Dimas me decían que me estaba quemando y yo me reía. Decían que mi felicidad era falsa y había discutido con ellos dos días antes. En aquel momento defendí a mi jefe rechoncho, orgulloso de su media calva y sus porros, los mejores que he probado. Ese porrito para cerrar la madrugada y que no nos pesara demasiado la cabeza.

Dimas me dijo esa madrugada que se iba definitivamente a Gales, a una especie de mansión reconvertida en asilo. Me mostró fotos de las instalaciones, y parecía el lugar perfecto para una película de fantasmas. Cardiff estaba a unos cincuenta kilómetros y parecía feliz. Le invité a un whisky canadiense. A varios en realidad. Llamamos a Sonsoles, eran las dos de la mañana, y casi nos mata. Pero al final se lo tomó bien. Ella todo se lo toma bien. Que poco podía saber yo que Dimas no volvería, que se olvidaría de mí tan pronto.

 

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Murallas (Novela corta) – 24/1

24.1

Me agobia pensar en estos años que he estado engañada. Pero todo pasa.

Por aquel entonces me había mudado a un piso compartido con dos chicas, cerca, aunque no dentro, de la zona universitaria de las colinas sur. Había dicho basta a mi madre y su interés en controlar mi vida. Ya le había pasado su fiebre por ser responsable de la asociación vecinal y ahora se limitaba a ir al coro los viernes, y a las excursiones a los balnearios. La cuestión de Ligia rompió su credibilidad y acabó cortando las discusiones con su dimisión. Ahora podía irse con mi padre, al que terminó por dejar a su jefe con dos palmos de  narices cuando el contrabando de pastillas y hachís dentro de la entidad le saltó a los dos meses. Nes todavía está en la cárcel, creo.

A veces me tropiezo con Noemí, nos miramos a la cara, sin problemas. Dicen que ha aprendido de no acercarse tanto a Nes, pero también que le visita en la cárcel. Ya no me interesa.

A Nerea no le gustan los muebles prefabricados

La habitación era espaciosa, y me dio por hacer cuadros propios copiados de la revista de modas. Sonsoles me vendió bien a sus alumnas. Una de las chicas estudiaba enfermería, e iba a la academia de Sonsoles tres días para mejorar su alemán. La otra era una estudiante de derecho que pasaba de mí aún más que la enfermera. En las tres semanas que llevaba, sólo habíamos comido juntas tres veces. No sabía sus gustos. Ni sus costumbres. Ya no me interesaba preguntar por la vida de los demás. Había una lista de tareas y de reglas, me mandaron una copia a mi correo electrónico y pagué dos semanas de adelanto. Firmé y listo. En el único calendario de papel, que servía también como muro de notas, estaba marcada la fecha de fin de mes para poder reunirnos y dejar las cuentas claras. Y nada más. Como me fui pronto, no estuve más de los seis meses, no tengo ningún recuerdo ni bueno, ni malo.

Ese sábado había dormido la siesta dos horas. Había trabajado hasta las siete de la madrugada. Me quedaba la noche del domingo al lunes, más corta y tranquila, se suponía. Y ni siquiera podía descansar, mis padres me obligaban a llevarlos al aeropuerto. Aún no estando en casa, mi padre me tenía como su chofer. Bueno. Dos días en Madrid, en un hotelito pagado por el futuro  yerno, familia de odontólogos de prestigio. A mi madre se la hinchaba la vena del cuello sólo con pensar que emparentar con tal familia de la aristocracia más rancia. Me parece un chiste. Conozco a mi hermana, tarde o temprano se cansará de ser señora de y acabará de liarse con el del butano. Quizá sea envidia, como dice mamá.

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Murallas (Novela corta) – 23

23 (V, último)

Volvió a la casa de Ligia, de rodillas,  con las manos vacías. Sin embargo una extraordinaria alegría manchaba todo, incluso las noches no eran frías a pesar del rehielo.  La vida manaba de cada rincón, de cada cajero automático, como había fluido de sí mismo en tantas noches sobre el somier del cuarto alquilado.

Lo imperfecto se volvió luz, lo ordinario se volvió  radiación. La energía por primera vez se canalizaba, fue como la espera de una explosión inusitada, y él era el catalizador.  Y cada instante se posaba en el vientre de Noemí. Aunque no era suya, el ser no nacido formaba parte de él.

En muchas ocasiones sólo tiene sentido el fuego.

Sin embargo, ella tenía otra perspectiva. Se escondía cada vez más mientras su vientre se hinchaba, ocultándose, marcando cada estría, encerrada en sus mantas. Cosa que Yesca odiaba, cuando atravesaba el salón decorado con figuras de Lladró, impasibles y sublimes, tan lejos de él.

El momento máximo. El nacimiento,  fuera del sol. Con sus manos recién lavadas de cortar setos, de arrancar a manos los geranios secos. Además de la muralla paterna, encontró a un hombre. Un hombre asentado, con el futuro presente, de dientes nacarados, el perfecto padre para un hijo sin él.

En el lapso: visitas, llamadas a la pasma, golpes en la puerta. La sinrazón de los guardianes, el desacato del loco bandido.

Luego llegó  la conmoción: orden de alejamiento, pertinaz regreso, dando sus últimos golpes hasta que la policía lo ató de pies y manos. Lo ficharon, metido durante veinte días, por reincidente. Suficiente oscuridad para verlo claro.

En un día de viento ligero, cayó una cornisa a su lado, le rozó la piel dejando una leve herida; un día soleado, el terraplén se deslizó queriendo sepultar sus pies; en una mañana de niebla, un gorrión sobrevoló su cabeza, surgiendo de un arcoíris entre nubes,  para descender aleteando y dar su último suspiro entre sus manos…

 

           Sólo había una solución: el fuego.

 

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Murallas (Novela corta) – 22/2

22-2

Sonsoles conducía un sedán de color cereza que, sin duda,  le quedaba como un guante. Dimas se empeñó se comentarle cómo un vecino de toda la vida, con un trabajo estable como interventor en un banco, había robado una tragaperras en el bar. Siguieron las diversas calles paralelas al río hasta aparcar a unos doscientos metros de la Puerta del Norte, o la de los cuervos, ya que una torre familiar estaba a su lado con un escudo con cuervos y  lanzas, no muy lejos de la parada de autobús. Allí les esperaba tres personas, viejos amigos del instituto. Uno de ellos, Mario, era hematólogo en una clínica alemana desde hacía cinco años, raro y pedante. Según Sonsoles, seguía siendo insufrible. Su mujer, técnica de laboratorio, de la que intentaba recordar su nombre, fina y segura. El marido de Sonsoles, lo más parecido a un insecto palo, completaba el grupo; se le había quedado un acento de Glasgow tras hacer la carrera en Lingüística inglesa.

Perderse dentro de la constelación.

Bar “Esferas celestes”; dos chupitos de tequila, una cerveza negra. Pub “Eterno retorno”; vino tinto con gaseosa, un pincho de tortilla española con espárragos. Disco taberna “Mandala”; cerveza con limón, chupito de vodka, chupito de licor de manzana. Bar “Mahdi”; ronda de licores de hierba con un toque de ron oscuro.

Cada trago mejoraba el ánimo de  Nerea. Se sentía relajada, sin atascos en su  mente,  pensando en lo feliz que era y el futuro lleno de posibilidades.  Tenía lo exacto para seguir adelante y triunfar: era guapa, evidente; era inteligente, todo el mundo lo decía. Se merecía el mejor hombre que se pudiera encontrar esta noche y las demás. El más excelente del mundo se arrodillaría y le pediría perdón por ser tan poca cosa para ella.

El grupo, guiado Dimas, callejeó hasta el bar de su amigo, justo al lado de la muralla. Toparse de esa manera con la pared de piedra enajenó  a Nerea. La montaña se había estrellado contra Mahoma. Allí volvía  a estar, nunca se había ido, el jodido de Yesca seguía muerto al otro lado. No podía destrozarla, ni vadearla, la única opción era escalar y dejarse caer.

Dimas la arrastró para meterla en el bar. “Es un local que lleva cerrado tres años por consumo de drogas. Pero el tipo es majo, te va a gustar.”  Dimas saludó desde  la puerta y un tipo bajó por debajo de la barra para apretarle la mano y el hombro. El pelo cortado al uno y unos brazos tostados con golondrinas, laberintos y soles aztecas.  El estar casi borracha fue un aliciente para que al dueño le cayera en gracia. Nerea se mostró de lo más fraternal, la idea de pasarse las noches del fin de semana infiltrada  en el bullicio del fin de semana del barrio viejo era lo que necesitaba en ese momento.

Varias rondas de tequila con bitter, amaretto, menta. Nerea en un acto de solidaridad ayudó a servir algunas copas. Hubo feeling con Carlitos, el jefe. Todos brindaron con el gran secreto de  Dimas: se iba a Alemania, a la misma clínica. Nerea se lo tomó tan bien que utilizó su último billete en una última ronda de tequila.

La tropa terminó en una placita, con el desafío a un grupo de adolescentes.  Se lanzaban medias miradas de hostilidad, en el marco incomparable de los edificios históricos. A las cuatro, el hematólogo echó la pota en un parterre de la calle de los curtidores; fue el pistoletazo para correr a casa. Sonsoles condujo de manera responsable, no dando más eses que las necesarias. Nerea abrió con sus llaves el portal, su vecinita del primero se metía mano con un chico bastante mayor que ella y pasó lo más rápido posible para no molestar.

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Murallas (Novela corta) – 22/1

22.1

Acababa de salir de la ducha y ella cruzaba el pasillo con celeridad. Tenía que secarse rápido y no encontraba el secador de mano; Sonsoles y Dimas iban a pasar a buscarla, junto delante del edificio. Terminarían la noche en el bar del amigo de Dimas, les invitaría a unas copas y le haría una prueba como camarera. Nerea chancleteó notificando a Idalia. La madre empleó su tono más severo para decir algo inaudible que la chica interpretó como “No debería gustarte salir tanto dada tu situación”. Nerea se encerró en la habitación y se arrancó la toalla, se restregó los sobacos y el interior de los muslos. La tiró sobre la cama de Silvia que estaba hecha. Delante del espejo del armario, revisó cada centímetro de su cuerpo, comprobando que sí, había aumentado unos cuantos quilos. Se apretó el abdomen para crear esa pequeña lorza que nunca había tenido, o al menos, nunca se había dado cuenta que estaba ahí.

Se puso sus bragas grises con un bordado en rosas negras rococó, un sujetador azul eléctrico y sus vaqueros color miel. Quería estar despampanante. Encontró su camiseta con pajaritas de papel, la más ceñida. Sólo faltaba la chaquetilla tipo militar en color teja.

Nerea prefería maquillarse en el baño, las luces artificiales le permitían diseñar mejor su imagen y ese día quería divertirse y entrarle por los ojos a ese empresario, el del “El Reducto”, que por informes de Dimas, estaba algo salido. Al parecer, tenía una novia preciosa pero vulgar, de esas que llevan las tetas tres tallas más que las de sus vestidos.

Salió del cuarto con todo el instrumental para la puesta a punto. Idalia la interceptó.

— ¿Crees que te van a dar el trabajo por ir así?

—Sí, mamá.

—Vuelve a la escuela de veterinaria, no tienes por qué seguir con esos trabajos.

—Cuando tenga algo más de pasta.

—Te lo he dicho mil veces, te la pagamos nosotros.

Nerea se libró con un internamiento aprovechando el flanco derecho. Cerró la puerta del baño. Mientras se maquillaba, pensó que no era una mala idea, pero ahora mismo, no quería estudiar más, quería ganar dinero, encontrar un piso, liarse con alguien, salir de allí a toda costa.

Oyó a Pascual que se había levantado de la siesta, su amigo y antiguo jefe, era ahora el señor de la entidad deportiva. Era el hombre cojín que se sentía utilizado.  Cansado de la gran responsabilidad en la junta, con la sensación de  que su aportación era nula. En la sobremesa, Nerea le había abierto los ojos, repasando todas las mezquindades que había hecho con el equipo, pero su padre le callé la boca. Era leal, sin duda.

Se vistió con vaqueros y camiseta con un dibujo de frutas tropicales colocadas en espiral. Salió disparada del edificio sin despedirse cuando la bocina resonó. Hacía semanas que no quería mantener con sus padres nada más profundo que comer o llevarles a algún sitio. Pascual  había tenido un susto con la ciática y lo llevó a urgencias a las cinco de la mañana. Su madre le convenció para buscar a la imprenta las participaciones del número de lotería de la asociación, se negó de manera firme  ayudarle a venderlo.

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Murallas (Novela corta) 21/2

21/2

Sé que no eres madre y no puedes comprender lo que siento. No me defendiste cuando esa, la madre de mi nieto, se presentó. Y eso que también te insultó a ti. Me han dicho que eres su amiga. Aléjate. Esa no es amiga de nadie. Todo el mundo sabe que no trata a mi nieto como debe, no le da el tratamiento adecuado por su enfermedad. En el juzgado, en el juzgado se arreglará. No te equivoques, te va a traicionar más pronto que tarde. Aléjate de ella y de él. Trabajas para un par de delincuentes. Me llamarás loca, pero nunca lo comprenderás. Sé que parezco una loca, pero no es verdad. Sólo quería que supieras por mí que agradezco lo que hizo tu madre y que no la molestaré. Yo seguiré luchando, como el río lleva agua. No te preocupes, no te llamaré más. Por ahora.

Me gustas mucho pero no puedo más. No puedo seguir contigo sólo para tomar algo, dar unas vueltas y luego acostarnos. A otros le bastan, pero no a mí. Me gustas, muchísimo, pero yo quiero más. Tienes dudas, y yo no soy lo que querías, pero podías esforzarte un poco en quererme, ¿no? Me lo he ganado, ¿o no? Se me acaba el descanso. Dame una respuesta, la que sea, cuando puedas.

Te veo muy tristona Nerea. Casi no mandas mensajes y no sé nada de ti. Soy tu amiga, da muestras de vida por favor. Ven por la academia y tomamos lo que quieras. Hay una freiduría con pescado frito muy rico. Y patatas. Venga, levanta el ánimo.

Nerea, deja ese trabajo ya con ese pirao. Cualquier día te traspasa con uno de los espejos de la exposición. Es un mal bicho, y le han cogido varias veces con todo tipo de anfetas. Y otras muchas cosas, claro. Tengo un conocido que va a necesitar una camarera para los fines de semana, y es algo más estable que estar por horas en la mueblería. Le he mostrado tu foto, y cree que estás cañón. Además mi amigo paga bien, no es ningún tacaño. Y encima, tres por dos en copas por ser empleada. Anda que no lo pasaremos bien. Sería una buena despedida. Al tipo le llaman el rey de la parranda, así que te lo pasarás bien. Necesitas salir más que estás enclaustrada. ¿Te apuntas?

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Murallas (Novela corta) – 21/1

21.1

Me ha pedido perdón, reconoció que se había pasado cien pueblos por pedirme que lo abandonara todo. Es un encanto. Me ha regalado el traje de chaqueta que necesitaba,  a medida, ¡en su sastrería de confianza! Tengo ganas de casarme, y tener hijos con él. Ya sabes que quiero tres como mínimo. Lo tenemos planeado, me asentaré en la empresa en los próximos cinco años y a los treinta y uno tendré el primero; a los treinta y siete, el segundo y a los cuarenta y dos, el tercero… Al final no se será tan complicado, lo hemos diseñado sin lugar al error. Estoy ilusionadísima. Eso no quiere decir que aplacemos la boda, va a ser el año que viene, sí o sí. Eres la primera persona a la que se lo decimos. No se lo digas a los papis, les vamos a invitar a un fin de semana dentro de unas semanas y se lo diremos. Nerea por favor, conéctate esta noche, aunque sea de madrugada.  Te echo mucho de menos. Ves, todo fue una fase. Ya sabía yo que nada podía salir más. ¡¡¡Ilusión total, hermanita‼! Te quiero mucho.

 

Estabas equivocada. Maite me vino a visitar a la tienda. Y vino bien, sonriendo, alegre.  Su madre ha superado la operación de hígado, le felicité. Me sonrío, no estaba furiosa ¿sabes lo que es eso? Desde la última ruptura sólo había visto su parte cabrona, y ahora me sonríe. Ya sé lo que piensas,  pero se puso delante de mí y me empezó a contar todo lo que le había pasado. Me ha hecho putadas, lo sé. Maite se plantó, creía que me iba a montar un pollo, y me sonrió.  No como la última vez, que me tiró las facturas del cole de los niños a la cara. Se puso a llorar. “Quiero volver contigo”. ¿Qué podría hacer? Llevaba un anorak naranja oscuro, parecido al que tenía cuando jugábamos en los recreativos. Teníamos quince… Hablamos mucho, y los críos. Se van a volver locos. ¿Cómo les decimos ahora que volvemos? No tengo ni idea. Son dos años de peleas.  Bueno, Maite reconoció que había hecho cosas mal. Yo también. Vamos a buscar a los niños al colegio juntos. Alégrate por mí, por favor, Nerea. Te llamo luego.

 

He roto con ella. Por si te interesa. Te he visto por el barrio. De lejos. No sé si lo has hecho tú. Vi el camino fácil. Lo sé. Hice mal. Me merezco todo esto. Sólo puedo estar contigo. Me han dicho que has tonteado con algún chico. No me importa.  Lo aguanto.  ¿Crees que para  mí es fácil? Siempre pienso en ti y prometo comprar todo lo que tiré después de irte. No te hagas la dura, por favor. Cambiaré. Quedemos a tomar un café, donde quieras. Contéstame, te lo ruego.

 

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The Misfits (Vidas rebeldes) de John Huston: la verdad de Roslyn.

VIDAS REBELDES/MISFITS

Roslyn tiene un problema, quiere ver el vaso medio vacío, quiere que el amor triunfe por encima de la rutina y del dolor. Roslyn es una bomba que desmorona el frágil equilibrio de otros seres humanos que se limitan a sobrevivir.

Mejor dicho, a los hombres protagonistas, porque Isabelle, su casera, tan de vuelta de todo, sin ser tan inocente, ha aceptado con más deportividad la desgracia de sus decisiones que los hombres.

Roslyn llega a Reno para divorciarse, no porque su marido le pegara o le robara el dinero, sino porque no había amor. No quería mentirse a sí misma  y mantener una relación falsa.

El viudo  y amargado Guido, el destrozado Perce, el galán desgatado Gay… Todos aman a Roslyn y la intentan domar como a los caballos salvajes.

Nunca podrán. Ella mantiene su sinceridad, esas sinceridad irrompible ante los abusos, los chantajes, las decepciones. Su flaqueza es mucho más poderosa que la fuerza de los demás.

 

Al menos, en sucaos,  en el desconcierto de su mundo, Roslyn ha conseguido salvar a los caballos. Y quizás a todos los que le rodean.

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“The Walkabout”: A Walk through the Australian Desert

“The Walkabout”:

A walk through the Australian Desert.

 

It seems that person’s tastes  are outlined as teenagers and deepen in the early youth. We are servants of our findings that we are unable to transform; that so feared, but comforting, routine. Life goes on and sometimes ,someone or something shakes you, and if you are brave; it changes you no least enhances your point of view.
‘Walkabout’ is a film about a tour in the Australian outback called a ‘no man ‘s land’ ; a rocky desert, with small trees and water wells that spring magically. A land that runs from an extensive plain to sharp stone hills. A journey to nature, to the wild. It’s the ordinary name given by the Aboriginal habitants to the 16 years boy survival will be performed alone for six months, in the immense heartland of the continent-island.
The tale is about a rite of passage, but not an initiation to adulthood, but two.

 

 

Two brothers escape from their father which took to spend an afternoon snack in the desert that ends dreadfully. The audience falls in desolation when the protagonists go into nature and check that their chances of survival are in short supply. The kid is six, the girl is 16, just the arrival of an aboriginal boy in journey saves them.
Cooked and raw, butchery and hunting, shotguns and spears, the civilized and the indigenous … Between the girl and the boy arises a certain attraction, both know it, both fight against it, and both lose. The boy’s candid soul is more sober, the girl’s soul is practical; she leads the future effort to create a suitable marriage like her parents.

There are some derivations regarding the novel, giving a more tragic aspect to the adventures of the three characters. Perhaps the most radical is the way the brothers are lost in that dry forest, red soil, dying animals and ruthless sun. In the original James Vance Marshall’s novel, the brothers are left alone after a plane crash.

Lucien John

Lucien John Roeg

In the movie, the father turns against his children.

The actual life of the protagonists is interesting. The kid, Lucien John Roeg, director’s son, works in British Cinematrography as an assistant director under the name Luc Roeg.

Jenny Agutter

Jenny Agutter

The girl, Jenny Agutter, is currently one of those stylish ladies of British cinema reminiscent of that girl who was swimming naked in the film.

David Gulpilil

David Gulpilil

And the boy, David Gulpilil, charismatic, became a celebrity in his country. In addition to his skills as a traditional dancer and hunter, he is an activist for the Aboriginal Rights and supports many acts for the appraisal of traditional culture.  In 2004, he won the award for best actor in the Festival de Cannes. Perhaps some form of fatality is taken up from the frames, powerless to sum up these two worlds; how the interference of civilization tries to spoil and not negotiate with the natural world (geological research, workshop genuinely Aboriginal art, the forsaken mine town). The warm boy’s dance that induces terror and afterward indifference in the girl; the driving force of nature, rain, blood…

There are many images, many ideas and many proposals: Walkabout, Nicholas Roeg, Australia, 1971.  A breakthrough.

 

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