Murallas (Novela corta) – 20

20

La concentración de ayer sábado congregó a un nutrido conjunto grupo de residentes del barrio de las Hilanderas, concienciados con el padecimiento de una madre sufridora incitada por  la prematura muerte de su único hijo en circunstancias adversas. Con este gesto se exigía que la investigación acerca del suicidio de Gabino Méndez no se cerrara, ya que hay nuevos datos, recogidos por la madre, que lo niegan. En un recorrido silencioso por la arteria principal del barrio, los participantes, organizados por la Asociación de Vecinos, recordaron la vida ese joven que había superado sus deslices con la delincuencia y el trapicheo de hachís.

Nos manifestamos para reabrir el caso de Gabino

Al convertirse en padre hace tres años,  Gabino Méndez, se reformó tras una adolescencia conflictiva. Se había reintegrado en la sociedad como jardinero, demostrando que las políticas de  inserción diseñadas por el ayuntamiento de la ciudad funcionan perfectamente.

La comitiva finalizó en la plazuela del centro social donde se colocó la pancarta que abría la manifestación: “POR TI, GABINO. PEDIMOS JUSTICIA”. La madre del joven muerto agradeció entre lágrimas el esfuerzo de sus vecinos por honrar la memoria, insistiendo en la necesidad de una nueva investigación.

Dentro del homenaje a su convecino desaparecido, sólo hubo un incidente a destacar. Durante el minuto de silencio, una exaltada increpó a la cabecera de la manifestación.  La susodicha, con evidentes muestras de sufrir una intoxicación alcohólica, insultó a la madre del conmemorado y a la hija de una de los organizadores.   El suceso se resolvió sin necesitar presencia policial, ya que la espontánea abandonó el lugar sin afectar al curso de la demostración de dolor.

La fuerza ciudadana expuesta reiteró la continua lucha desde este barrio desde su despegue en los años 60 para reivindicar su presencia en el planning municipal. Tras sufrir una enorme crisis en los años 80, donde la droga y la delincuencia  campaban a sus anchas,  las buenas gentes trabajadoras consiguieron recuperar su barrio  y lograr  prosperidad y futuro. 

Gabino puede ser un gran ejemplo de esa regeneración y todo este testimonio popular lo corrobora. Su figura cataliza e ilustra la regeneración de un barrio en declive a otro próspero gracias a la conciencia social. El activismo leal, sincero de sus gentes, más el apoyo de la alcaldía,  en fin, el espíritu del civismo en su mayor expresión.

 

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El humor es pensar con alegría: los primeros cómicos del cine.

No son mudos.

El cine cómico primitivo, el recién nacido desde las barracas y el teatro de variedades, no se agota en Chaplin. En realidad es la explosión del vertiginoso  viaje del cine para conseguir una entidad como arte. Las películas tenían que encontrar  prestigio para que los caballeros y damas no experimentasen el placer de ver películas como algo arriesgado, en locales poco recomendables.

Antes de Chaplin, fue Keaton; antes de Keaton, fue Arbuckle; antes de Arbuckle, fue Lloyd; y Langdon, y Normand, y Pollard, y Linder.

Humor que van desde el marginado social que intenta conecar con la alta sociedad; el raro inasumible por lo convencional; el currante que al menos tiene la satisfacción del trabajo bien hecho; los buenos chicos que quieren formalizar y nos les dejan; las chicas que sacan el coraje para que el malo no les haga daño hasta que las salvan; el dandy elegante que en el fondo es un buen hombre que se enamora.

Los extremos, Chaplin, el inglés de clase obrera emigrante y Max Linder, el francés burgués, se tocan; porque ambos muestran una sensibilidad que se toca. Uno conserva la insubordinación del marginado y el otro es consciente de su privilegio pero no abusa de él. Sufrir la escasez infantil, la gloria y finalmente los estertores de no se domesticado; el otro, terminó por su propia mano con el género trágico.

Mejor dejar a un lado sus biografías, instintivas y rocambolescas como los cómicos penetrantes que eran. El humor que reconforta, que nos hace envolvernos en una autocompasión, autosatisfacción; es caduco, utilitario,  es un humor complaciente. No esperen ver esto: verán ternura, emoción, calidez… nunca condescendencia.

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“La España vacía”: sus mejores momentos.

Aviso: Este artículo es una re escritura de el libro “La España Vacía” de Sergio del Molino.

 

Me encuentro antes las casas quemadas de los veraneantes que toman la zona rural, antes protegida y víctima del aislamiento. Lo pagano es lo retrasado. Las ciudades son libres.  Y en España se ha vivido el Gran Trauma que falsea lo realidad campesina.

España es un subcontinente con una España vacía en su interior. Labordeta cocinó la nostalgia del pasado, liberó  la visión  del  explorador o un misionero. Se limitaba a pasear, hablar y comer.

A la España vacía le falta un relato en el que reconocerse.  El aburrimiento. La felicidad.  Puerto Hurraco, Fago, las Hurdes. Beatus ille. El telediario. Los emprendedores. No hay término medio. O los asesinos o los monjes. Aunque, pueden ser monjes y asesinos a la vez.

Las Hurdes:   La diferencia entre contarse y ser contado es la misma que hay entre la de ser dominado y dominarse uno mismo.  Ser contados  como ejemplo de la España atrasado o contarse desde la perspectiva reivindicativa de la dignidad, el esfuerzo y la honradez.

Las misiones ambulantes de Giner de los Ríos sobre un mar de tierra.

Es preferible un pueblo susceptible a no poder responder.

La Mancha era la parodia de un país. Maritornes, la criada que lleva el delirio y lo ordinario, madre y madrastra.

Cervantes ve  con luz cenital, severa, como la ve los españoles de bien;  Bécques la romantiza, la toca con un rayo de luna.

A la España vacía sólo le queda: negar su tradición o representarla al gusto de los que hace mucho tiempo la abandonaron. La construcción de la identidad con los mitos heredados es un patriotismo eficaz, no militarista.

El carlismo y los chanantes.  La literatura masticada de los superventas que a  veces suena a iglés traducido.
Mulholland Drive: “No hay banda. This isa ll a tape-recording.”

La España deshabitada se convertirá en el parque temático del futuro.

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Murallas (Novela corta) -19 (IV)

19 (IV)

Choque de trenes a velocidad límite, diseñadores gráficos de una vida futura, marcados por la búsqueda incesante, explotar en una nube de ira desconvenida, derribando los muros carcomidos. El baile de los caballitos del diablo, de los chorlitos, de las panteras. Un horizonte cavado a pala y nitroglicerina en una habitación alquilado de un antiguo piso patera.

Él arreglaba jardines, podaba los árboles altos como un mono subido a por cocos, y oteaba la ciudad, y pensaba en como subir a los pisos más altos para lanzar cócteles que incendiaran las calles. Ella empezó en una fábrica de zapatos, colocando suelos para botas de montaña, metiendo cordones, llenando cajas. Movimiento superior hacia el cielo, movimiento inferior al vacío.

Yesca encontró la paz en los árboles.

Nadie entraba en ese nuevo mundo, nadie se atrevía a entrar en el paraíso del piso compartido con derecho a cocina. Un  magnetismo repelía las intenciones de invasión, un muro de energía, de vehemencia bloqueaba las incursiones enemigas. No había lugar para intromisiones ni matices, el único dogma eran sus brazos.

Tres años. Regalos de cien días, cuatrocientos veinte un días, ochocientos ochenta y siete días… Cervezas.  Abalorios, amuletos, peluches, pañuelos; vaqueros, cremas hidratantes,  aislantes; cupones de primitiva, tarjetas de Navidad, cerillas. Catálogos de viaje, entradas a conciertos, maquillaje. Tres años. Una noche se rompió la pantalla cuando una vecina  perseguía un perro. De repente todo era mentira.

Ella arrastró la palma de su mano por su nariz. Todo se había roto. Yesca salió de madrugada, encendió los contenedores de basura, como una retahíla de veleros hundidos. Ella no bajó cuando llegó la policía.

Ambos volvieron a los pisos paternos, eternos pozos de sus sueños. Una convencida de cambiar de vida, el otro en espera de juicio. Dos meses, quedaron  al inicio del paseo de robles mocho, heridos. Se quería mostrar duro, inflexible en su flaqueza. Noemí confesó que esperaba un hijo.

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Réquiem por los que quieren vivir de ilusiones.

Hay personas que no están hechas para este mundo, que son débiles, que siempre están a punto de llorar o de partirse la cabeza contra el muro; que siempre meten a los demás en sus problemas. Cargantes, absorbentes. Los odio o nos dan pena. Pobrecitos, hay que salvarlos. Y la gran mayoría es que no se dejan salvar. Tozudos. Las personas no nos cambian, nos cambiamos nosotros mismos,  y si es con pastillas legales de la Seguridad social o la clínica privada de turno, no hay culpa. Son profesionales.

Pobre Sara, pobre Marion, pobre Jack, pobre Tyrone. Víctimas de sus adicciones. Si hubiera sido una película moralista hubieran encontrado a  Dios, a una asociación con un método eficaz o un psicólogo simpático. Una solución. Qué pena.

Por cierto, los sueños, sin una base, se convierten en pesadillas. Descansen en paz.

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Murallas (Novela corta) 18/2

 

18.2

Miguel quería algo más y no se lo di. Me pilló en un chat con Guillén que había roto con su chica. Y reconozco que me puse tonta con él. Tampoco me importó demasiado cuando Miguel me quitó el ordenador y pudo ver toda la conversación. Encima era su ordenador, él dormía, eran las dos. Tuve que confesar que había reanudado mi contacto con Guillén. Yo no guardo rencor. Lo dejamos y Miguel es legal, así que lo dejamos.

Creía que iba a poder hacer carrera en la mueblería. Nunca hubiera pensado que la obsesión con la decoración de Guillén me calaría tanto. En el pequeño laberinto de la exposición, reconocía estilos, calidades y acabados.  Odiaba las sillas con garras de león, las chaises longes, las lámparas de araña. Sin embargo, había descubierto que la inspiración oriental me gustaba, qué sorpresa.

Cuidado con olvidar los papeles.

Tengo muchos fallos pero no soy débil.

Puedo dar más de mí, puedo hacer algo más. El carillón.

—Muy buenos días, ¡Gerardo! Sal ya que es muy tarde.

—Hola, no está. Fue a hacer gestiones.

—Bueno, venía a buscar una factura.

—Un momento, sígame por favor.

No parece que esté en la encimera. Tampoco en los estancos.

—Voy a la oficina. Un momento.

El pasillo es ancho y termina en el muelle. La oficina siempre está abierta, con los despachos de Nes y su padre, frente a frente. Aquí está la nota. El terminal está en pausa y Nerea toca el botón de encendido. Ha dejado abierto una conversación en un foro. No lo toques. Dale la nota al tipo y sigue con tu trabajo.

—Aquí tiene.

—Una letra muy clara la de Gerardo, la mía es de perlático.

¿Qué es un perlático?

Los catálogos viejos que hay que guardar para un coleccionista de muebles. Resolver el  problema de una pata rota de una cama Luis XIV…

No me interesa lo que guarda a Nes, no me voy a ensuciar por Ligia.

Y sin embargo. Por echar un ojo al ordenador, no habría tantos problemas. Para que quieres meterte. Para saber. Nes no vendría, lo oiría llegar  por el tintineo, no se sentaría sólo pincharía en el chat.

Para dos días que me quedan.

Hazlo, hazlo. Ahí va, pulso la tecla, pincho el enlace. Es un foro, una fiesta rave en una antigua fábrica. “Voy a llevar de lo mío. Efectivo. Buena calidad. Malquiste”. Era el 12. Dentro de dos días. Conocía el sitio, era el antiguo colegio que quedó aislado por culpa de la autopista. Era famoso por sus fantasmas. Algún día de cría  planeó ir con sus amigos, pero quedaba un poco fuera de mano. Debería denunciarlo. No, no sabes nada de nada. Que cada uno viva su vida. Me salgo ya de aquí. Un tintineo en la puerta. Seguro que es un cliente, sino ¿Quién podría ser?

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Murallas (Novela corta) – 18/1

18.1

Sólo quiero lo bueno para las personas que quiere. El resto puede morirse.

Y más Nes, me escondo de él cada vez que llega a la mueblería. Le han pillado varias veces llegando borracho a la empresa, y soy yo la que lo tiene que aguantar. Encima Noemí lo ha abandonado y se ha vuelto a casa de los padres con el crío. Nes me culpa. Y para añadido, su jefe se empeña en que desde que yo entrado todo le va mal a la hijo. Toda la bondad del comienzo ya no está. Cuando termine este contrato sé que voy a volver al inicio.

No me voy a dejar vencer.

Has visto, me quiere encerrar como si tuviera catorce años. Como si no trabajara tanto como él. Y me dice que vaya al psiquiatra. Eso no va a aquedar así.

Noemí se sinceró en la sombra.

Ahora todas las sospechas de Ligia me habían calado, todas sus sospechas. Su teoría de que Nes le echó a la muerte parecía factible, su teoría de que Noemí no era una santa sino una loba con piel de cordero ya no era extraño. Quizás fuera porque encontré una papelina en el baño de la empresa. Quizá es porque he escuchado conversaciones sin sentido con Nes. Quizás es porque la cabaña prefabricada del polígono me parece sospechosa. Aprovechar para entrar en el despacho y observar los archivos de su ordenador, es muy descuidado y tiene las claves en alguno de sus cajones. Podría entrar y no sería difícil.

En una salida con ellos, Nerea se sinceró sobre Ligia y Noemí no se enfadó sino que mostró una cara hiriente, lejos de cualquier ternura que pudiera haber visto: –Crees que Gabino no estaba condenado. Era débil, por eso es que nunca lo vi como un padre. Era algo estupendo su manera de ver las cosas, pero nada más. No estaba preparado  para vivir y menos con un niño. Le di una oportunidad y vi que no iba a ninguna parte con él.

Te das cuenta cuando creces que todo es mentira.

No había nada de amor en Noemí. Por eso no le trató bien cuando dejó a Nes y no volvió a llamarla. Creía que había encontrado a una nueva amiga, una que si pudiera acudir, pero no fue así.

–Normal teniendo la madre que tiene. No te acerques demasiado a Ligia, no sacarás nada más que mierda.

Doblo la sábana sobre la manta y aliso el embozo. Ahuecó la almohada de la exposición  de verano, yo monté todo esto como los operarios pero al jefe no le gustó. Sé que lo hago, sé que me necesitan pero son orgullosos.

—Oye Nerea, voy al notario. Si viene el de los muebles de teca, encárgate tú, tengo los modelos señalados en el despacho Y si viene el otro, dile que hay que ir al polígono.

—Gerardo, tengo que hablar s obre cuando…

—Este viernes, aclaramos todo.

Y el jefe salió por la puerta sin darme ninguna razón.

Nes estaría entrenando, al menos fue lo primero que hizo al llegar esta mañana: —Hoy no voy a trabajar. Le dices a mi padre que voy a correr. Con un bote de refresco en una mano, siempre bebía refrescos, las cervezas o el vino le estragaban.

No sabía que iban a hacer sin ella, llamarían a una antigua empleada  a la que despidieron por quedarse embarazada y que luego no volvieron a contratar. Mejor para ella.

Como dice mi padre hay que resistir y luego atacar.

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Murallas (Novela corta) – 17/2

17 -2

Silvia hundió su cabeza en sus manos, Las arrugas de las comisuras se extendían hasta las orejas. La piel traslúcida de las manos sin maquillar. Débil, su hermana podría disfrutar de la triunfadora vencida que se hallaba delante de ella. Se podía cobrar todo su fracaso.  No aprovechó la ocasión. Echó el teléfono a un lado y se sentó para llorar con ella.

A las siete Silvia ya se había levantado, las tres horas de conversación con su hermana le habían quitado un peso enorme y volvió a recuperar su papel feliz. Quili se presentó muy temprano, no quería esperar a que le diera la mañana. Pascual se marchó a media mañana para una cita con el jefe del equipo, un problema con uno de los entrenadores de las categorías inferiores.

Se anulaba así misma.

Los tres hermanos compartían un café cuando Idalia levantó la voz en el teléfono en la mano:

—Te lo juro, Ligia, mi hija no se va a poner. Lo siento por ti, pero son tus problemas…  Vamos a hacer la manifestación, ¿qué más quieres? Mi hija no se va a meter en tus… No es una falta de respeto… Yo también tengo hijos así que no hables de esa manera… Te apoyo, te apoyo… Yo no puedo hacer eso, ni quiero obligarla… No, no se va a poner… Ya hablaste con ella. Basta ya. Después de la manifestación no quiero saber nada de ti…. Eso espero.

Quili decidió invitar a la familia a un restaurante nuevo, cerca del estadio de fútbol. Silvia volvió a ser encantadora y se convirtió por arte de magia en la charlatana que había sido siempre. Iba  a formar parte del equipo que dirigía  una de las cuentas con más prestigio de la empresa, una multinacional de bebidas que preparaba su campaña de Navidad. Era su primer gran triunfo. Nerea permaneció con una sonrisa irónica, disfrutando de la actuación de su hermana. Quili dijo que se encargaba él de llevarla al día siguiente al aeropuerto. Nerea canceló su cita con Miguel, no tenía ánimos para reflexionar adónde les llevaba su relación.

La señorita Ramírez disfrutó de sus escasas horas con su familia y, al día siguiente,  cogió su maleta y su bolsa de mano, recorriendo el pasillo del apartamento familiar, con el resto de la familia dormida; dando un repaso al techo desconchado del piso y a ciertas esquinas agrietadas. Se sintió mucho mejor al cruzar la puerta. Estaba dispuesta a pactar hasta cierto punto porque sabía lo que quería.

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Murallas (Novela corta) – 17/1

17-1

La señorita Silvia Ramírez aterriza en al aeropuerto en una soleada mañana de sábado y es recibida, con un gran abrazo,  por su hermana Nerea que se ocupa con agrado sus maletas. En el trayecto a la casa familiar, Silvia explica su éxito profesional que se deriva en una promesa de contrato indefinido en la empresa publicitaria donde realiza sus tareas de becaria.

La llegada de una hija tan querida es celebrada con lágrimas en los ojos por sus emocionados padres: Idalia, una ama de casa hacendosa y vital, le reprocha suavemente sus casi ocho meses sin volver a casa pero pronto se olvida de ese particular; Pascual, el padre, trastabilla y casi rompe el jarrón esmaltado comprado en una feria internacional de tapas.

Siempre hay alguien que lleve las maletas.

Silvia se muestra compungida sobre las últimas visitas muy breves. Pero pronto consigue que la familia se una como siempre comentando su vida entretenida en la capital y todos los proyectos que ha creado para el futuro con su prometido, un dentista de alto prestigio al que adora toda su familia.

Nerea muestra cierta indisposición, ve en la actitud abierta de su hermana algún hecho extraño que le hace olvidar a la persona altanera y estúpida que se había convertido en  los últimos meses.

Pocos después llamó al teléfono fijo de la casa, Quili, el hermano mayor, que le prometió su encuentro para el día siguiente, aunque no podía llevar a los niños porque ese fin de semana le tocaban a su exmujer y se habían ido a un parque temático.

Tras un gran día de emociones en que Silvia contuvo en varios momentos el llanto, las dos hermanas se encerraron a pasar la noche en su cuarto juvenil que ya había sido limpiado de posters, cosa que a la visitante le pareció bien. Volver a sentarse, cama con cama, mirándose a los ojos fue un gran momento fraternal. Luego pasaron algunas horas, cada una con un móvil, Silvia contactó con su novio y le hizo una presentación de su cuarto. Le pareció muy vintage. Al cortar la comunicación, Silvia sólo pudo decir en voz alta:

—Nere, todo es una mierda.

Nerea apartó los ojos de su móvil. No la veía así desde los quince años en que su novio de entonces la difamó, declarando  que se lo habían hecho de la discoteca contra la pared del reservado.

Quiere que deje mi trabajo. Me ha dicho claro que quiere una esposa en su casa, sin historias fuera. Yo creí que era una broma. Claro que cuando  tuviéramos hijos, los primeros seis u ocho meses, no trabajaría. Pero no le basta.  Me enfadé. Se puso como un bloque de hielo… “Entonces me engañaste”, me dijo. Y seguía con cara de póquer. Ves, así, después de tres años. Después de tantas flores, tantos regalos, tanta preparación, ahora me sale con que me quiere encerrar. “Yo creía que querías lo mismo que yo, una familia.” Claro que sí, que quiero tener hijos, sería lo primero; pero qué tiene ver eso con trabajar o no. ¿Acaso no tiene dinero de sobra para pagar unas horas a una niñera o yo qué sé?… Dime, si me conoció y sabe como soy, a qué viene que me diga eso. Nere, no me lo esperaba.

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Murallas (Novela corta) – 16/3

16/3

 

En el camino de salida, Miguel le mandó otra foto de su fin de semana en Madrid con sus amigos.  Había llegado esa misma mañana porque tenía turno de noche. Comentó con el icono de la sonrisa más amplia que encontró. Le sentaba bien compartir sus horas con un tío  tan positivo, pero sus intentos de llevarlo a otro nivel ya no le estaban gustando. Él y sus compañeros parecían divertirse en al parque de atracciones. Le haría saber esta tarde que le daba algo de envidia.

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  Sin duda Nes disfrutaba más como entrenador que como jugador, algo torpe, y sobre todo, muchos más que como el segundo de abordo de su padre. Lo que en la mueblería era ansiedad, dejadez se convertía en eficiencia al dominar a los niños de once años que correteaban por el césped.  Padres concienciados tomaban notas y hacían largos vídeo en sus teléfonos. Faltaba una hora para la comida, porque ese fin de semana.

Todo se convierte en una montaña rusa.

Los chavales formaban en hileras, en cruz, realizando pasadas como si de un espectáculo aéreo se tratase.; lanzaban balones a puertas, desde parado y desde movimiento; carreras, flexiones y un partido de diez minutos como colofón. Al verla en la grada, Nes se acercó y Nerea le comentó que ningún problema.  Que iba a llevarse a su padre a casa.  La gran dentadura le hizo ver que habían esmaltado las manchas que se delataban

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En el centro social estaba lleno de actividades ese sábado, el día del amor fraterno mundial o algo así. Ensayaban el grupo de música, el de judo. La misma Nerea había acudido a clases de ballet, en que descubrió que odiaba los tutús; en clases de guitarra, donde supo que sus dedos eran gordos y torpes; en clases de dibujo al aire libre, en que aburría intentado encajar el paisaje en geometría; cine-fórum, mediación social, alfarería… Idalia se había empeñado en  sacar la artista que llevaba dentro y no lo consiguió.

La Asociación Vecinal poseía el mejor local, y los hombres habían desaparecido. Se podrían fusionar con la de Mujeres sin ningún esfuerzo.  Además de rellenar cotillones, le tocaría doblar folletos, ensobrar y  meterlo todo en cajas.  Al entrar con la caja, había una mujer de pie, con vaqueros que marcaban una figura estilizada pero de persona mayor, con las caderas ensanchadas; una blusa melocotón que le tiraba de la sisa, el cabello largo en cola y con varias canas. Se apoyaba en una mesa como un juez que persuadiera a otro de condenar un delito. Idalia se levantó para coger los folletos y todo el mundo movió la cabeza, con una sincronía olímpica. Todo el mundo la conocía, incluso Nerea, era Ligia. Hasta la entrevista de televisión, no había conectado a la mujer con Yesca. Ligia le miró, con la certeza, de que también sabía quién era, de dónde venía, con qué personas se relacionaba y le encantaba que lo supiera.

Nerea se sentó tras saludar. Ligia recuperó su discurso con una voz titubeante pero tozuda. Estaba persuadiendo a las mujeres para que la apoyaran en una manifestación para exigir la reapertura del caso por  suicidio de su hijo Gabino. Sonrió ante la suerte de tener a Nerea. Una gran baza en su lucha. Había permanecido callada, encerrada en su casa, incrustada en su duelo, pero ya no  podía más. Su hijo se merecía ser considerado más allá que un traficante.

Fue fácil convencer a hacendosas amas de casa amantes de sus hijos. Incluso Idalia, que sentía pena y asco a partes iguales por Ligia, la respaldó sin reservas. Encargarían una gran pancarta a la imprenta, con la foto de Gabino, ya convendrían el eslogan. Ligia se comprometió a pagarlo ella y eso lo aceptaron. Le ofrecieron que se quedara para tomarse un café, pero prefería marcharse. Al recoger su bolso, se dirigió únicamente a Nerea:

— ¿Tú también vendrás, verdad? —Nerea, que rellenaba las bolsitas, asintió. —Entonces nos veremos bastante.

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Eran las tres de la tarde pasadas, e Idalia desesperaba en la cocina. Nadie pensaba en que ella tuviera cosas qué hacer. Comieron arroz con mejillones y una tarta de queso casera. Nerea se quedó dormida en su habitación, la madre le despertó para asegurarse que estuviera a las seis en el centro social. Se sentía tan adormilada que se tomó una ducha fría. Noemí le llamó para ir a algún sitio se excusó, su novio Miguel la iba a llevar a una vinatería para comentarle su escapada.

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