Murallas (Novela corta) – 17/1

17-1

La señorita Silvia Ramírez aterriza en al aeropuerto en una soleada mañana de sábado y es recibida, con un gran abrazo,  por su hermana Nerea que se ocupa con agrado sus maletas. En el trayecto a la casa familiar, Silvia explica su éxito profesional que se deriva en una promesa de contrato indefinido en la empresa publicitaria donde realiza sus tareas de becaria.

La llegada de una hija tan querida es celebrada con lágrimas en los ojos por sus emocionados padres: Idalia, una ama de casa hacendosa y vital, le reprocha suavemente sus casi ocho meses sin volver a casa pero pronto se olvida de ese particular; Pascual, el padre, trastabilla y casi rompe el jarrón esmaltado comprado en una feria internacional de tapas.

Siempre hay alguien que lleve las maletas.

Silvia se muestra compungida sobre las últimas visitas muy breves. Pero pronto consigue que la familia se una como siempre comentando su vida entretenida en la capital y todos los proyectos que ha creado para el futuro con su prometido, un dentista de alto prestigio al que adora toda su familia.

Nerea muestra cierta indisposición, ve en la actitud abierta de su hermana algún hecho extraño que le hace olvidar a la persona altanera y estúpida que se había convertido en  los últimos meses.

Pocos después llamó al teléfono fijo de la casa, Quili, el hermano mayor, que le prometió su encuentro para el día siguiente, aunque no podía llevar a los niños porque ese fin de semana le tocaban a su exmujer y se habían ido a un parque temático.

Tras un gran día de emociones en que Silvia contuvo en varios momentos el llanto, las dos hermanas se encerraron a pasar la noche en su cuarto juvenil que ya había sido limpiado de posters, cosa que a la visitante le pareció bien. Volver a sentarse, cama con cama, mirándose a los ojos fue un gran momento fraternal. Luego pasaron algunas horas, cada una con un móvil, Silvia contactó con su novio y le hizo una presentación de su cuarto. Le pareció muy vintage. Al cortar la comunicación, Silvia sólo pudo decir en voz alta:

—Nere, todo es una mierda.

Nerea apartó los ojos de su móvil. No la veía así desde los quince años en que su novio de entonces la difamó, declarando  que se lo habían hecho de la discoteca contra la pared del reservado.

Quiere que deje mi trabajo. Me ha dicho claro que quiere una esposa en su casa, sin historias fuera. Yo creí que era una broma. Claro que cuando  tuviéramos hijos, los primeros seis u ocho meses, no trabajaría. Pero no le basta.  Me enfadé. Se puso como un bloque de hielo… “Entonces me engañaste”, me dijo. Y seguía con cara de póquer. Ves, así, después de tres años. Después de tantas flores, tantos regalos, tanta preparación, ahora me sale con que me quiere encerrar. “Yo creía que querías lo mismo que yo, una familia.” Claro que sí, que quiero tener hijos, sería lo primero; pero qué tiene ver eso con trabajar o no. ¿Acaso no tiene dinero de sobra para pagar unas horas a una niñera o yo qué sé?… Dime, si me conoció y sabe como soy, a qué viene que me diga eso. Nere, no me lo esperaba.

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Murallas (Novela corta) – 16/3

16/3

 

En el camino de salida, Miguel le mandó otra foto de su fin de semana en Madrid con sus amigos.  Había llegado esa misma mañana porque tenía turno de noche. Comentó con el icono de la sonrisa más amplia que encontró. Le sentaba bien compartir sus horas con un tío  tan positivo, pero sus intentos de llevarlo a otro nivel ya no le estaban gustando. Él y sus compañeros parecían divertirse en al parque de atracciones. Le haría saber esta tarde que le daba algo de envidia.

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  Sin duda Nes disfrutaba más como entrenador que como jugador, algo torpe, y sobre todo, muchos más que como el segundo de abordo de su padre. Lo que en la mueblería era ansiedad, dejadez se convertía en eficiencia al dominar a los niños de once años que correteaban por el césped.  Padres concienciados tomaban notas y hacían largos vídeo en sus teléfonos. Faltaba una hora para la comida, porque ese fin de semana.

Todo se convierte en una montaña rusa.

Los chavales formaban en hileras, en cruz, realizando pasadas como si de un espectáculo aéreo se tratase.; lanzaban balones a puertas, desde parado y desde movimiento; carreras, flexiones y un partido de diez minutos como colofón. Al verla en la grada, Nes se acercó y Nerea le comentó que ningún problema.  Que iba a llevarse a su padre a casa.  La gran dentadura le hizo ver que habían esmaltado las manchas que se delataban

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En el centro social estaba lleno de actividades ese sábado, el día del amor fraterno mundial o algo así. Ensayaban el grupo de música, el de judo. La misma Nerea había acudido a clases de ballet, en que descubrió que odiaba los tutús; en clases de guitarra, donde supo que sus dedos eran gordos y torpes; en clases de dibujo al aire libre, en que aburría intentado encajar el paisaje en geometría; cine-fórum, mediación social, alfarería… Idalia se había empeñado en  sacar la artista que llevaba dentro y no lo consiguió.

La Asociación Vecinal poseía el mejor local, y los hombres habían desaparecido. Se podrían fusionar con la de Mujeres sin ningún esfuerzo.  Además de rellenar cotillones, le tocaría doblar folletos, ensobrar y  meterlo todo en cajas.  Al entrar con la caja, había una mujer de pie, con vaqueros que marcaban una figura estilizada pero de persona mayor, con las caderas ensanchadas; una blusa melocotón que le tiraba de la sisa, el cabello largo en cola y con varias canas. Se apoyaba en una mesa como un juez que persuadiera a otro de condenar un delito. Idalia se levantó para coger los folletos y todo el mundo movió la cabeza, con una sincronía olímpica. Todo el mundo la conocía, incluso Nerea, era Ligia. Hasta la entrevista de televisión, no había conectado a la mujer con Yesca. Ligia le miró, con la certeza, de que también sabía quién era, de dónde venía, con qué personas se relacionaba y le encantaba que lo supiera.

Nerea se sentó tras saludar. Ligia recuperó su discurso con una voz titubeante pero tozuda. Estaba persuadiendo a las mujeres para que la apoyaran en una manifestación para exigir la reapertura del caso por  suicidio de su hijo Gabino. Sonrió ante la suerte de tener a Nerea. Una gran baza en su lucha. Había permanecido callada, encerrada en su casa, incrustada en su duelo, pero ya no  podía más. Su hijo se merecía ser considerado más allá que un traficante.

Fue fácil convencer a hacendosas amas de casa amantes de sus hijos. Incluso Idalia, que sentía pena y asco a partes iguales por Ligia, la respaldó sin reservas. Encargarían una gran pancarta a la imprenta, con la foto de Gabino, ya convendrían el eslogan. Ligia se comprometió a pagarlo ella y eso lo aceptaron. Le ofrecieron que se quedara para tomarse un café, pero prefería marcharse. Al recoger su bolso, se dirigió únicamente a Nerea:

— ¿Tú también vendrás, verdad? —Nerea, que rellenaba las bolsitas, asintió. —Entonces nos veremos bastante.

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Eran las tres de la tarde pasadas, e Idalia desesperaba en la cocina. Nadie pensaba en que ella tuviera cosas qué hacer. Comieron arroz con mejillones y una tarta de queso casera. Nerea se quedó dormida en su habitación, la madre le despertó para asegurarse que estuviera a las seis en el centro social. Se sentía tan adormilada que se tomó una ducha fría. Noemí le llamó para ir a algún sitio se excusó, su novio Miguel la iba a llevar a una vinatería para comentarle su escapada.

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Murallas (Novela corta) – 16/2

 

16.2

Actuando representación de su madre, recogió una caja con folletos para la próxima rifa del día del cáncer infantil. Era dentro de una semana e Idalia ya la había presentado como voluntaria obligada. Al maniobrar con el coche, la rueda trasera se montó en la acera. Manoteó el volante hasta que recuperó la calma.

 

La habitación que le mostraba Sonsoles no estaba mal, su propia llave, conexión a internet de banda ancha, una habitación con una ventana, relativamente grande, al este;  sin embargo los muebles eran de conglomerado. Pensó en su maravillosa mesa de boticario o su espejo de cuerpo entero o su maravillosa cocina de acero inoxidable con acabados en mosaico. Y ahora esa habitación vacía, con su camastro y su colchón hundido, el monstruoso color pino. Y también esa chica de pelo rizado que vivía con Guillén, que se acostaba en su cama y observaba el amanecer, cerca de las murallas. Y decía estar enamorado, es  la mujer de su vida. Se exploto de risa. Sonsoles le miró extrañada. No tenía tiempo de preguntar-

— ¿Te interesa? Mi alumna es muy buena chica, es legal.

Nerea se cuadró en alféizar mirando al patio interior, con un árbol raquítico. Le recordó el sillón crema, insulso, que tanto amaba Guillén y que debía tirar. Desde allí, de manera sesgada, se podía ver alguna torre de la catedral vieja, pero eso no le bastaba.

El coche familiar estaba a  punto de dejarle tirada en la circunvalación, la suspensión no podía soportar las mínimas aceleraciones, quizás simular un accidente sería una opción sensata. Llevaba la carpeta de la mueblería al polígono industrial, sobre la caja de folletos. Luego se acercaría para recoger a su padre, en un corto paseo de diez minutos y saldría a tomar algo con Miguel. Era el entrenamiento de los benjamines y Nerea se lo pasaban bien con los críos.  Muchas empresas habían trasladado sus talleres o almacenes al nuevo polígono, lleno de calles nuevas, homenajes a víctimas del terrorismo, a figuras televisivas y a políticos y artistas variados. Era la primera vez que iba sola y estaba obligada a pasar de la zona de oficinas. Nes tenía una cita con el dentista, lo necesitaba, sus dientes comenzaban a criar una pátina parda y le olía terriblemente la boca si te acercabas demasiado.

No entró por la fachada con la persiana, sino por una puerta lateral. Conocía a los operarios por las entregas en la mueblería, y se llevaba muy bien con un retaco de cincuenta años,  al que le podía vencer en altura sin tacones. El hombrecillo la fichó rápidamente y le invitó a darle un paseo por la zona de carga y descarga. Había otros dos El anguila y el argelino sonriente. Le saludó con amabilidad porque no se acordaba de los nombre.  Subiendo una escalerilla metálica, pudo ver mejor la distribución de la nave.

—Hoy va a ser tranquilo. Sólo tenemos dos está mañana.

El portón de atrás si estaba abierto, un mozo con el montacargas, el otro dentro del camión agitando las manos. A la altura,  entró en la cabina donde se clavaban todos los pedidos en el corcho. Uno bajo el título de SALIDAS, otro bajo ENTREGAS. La parcela posterior se enroscaba hacia la derecha, contra un muro de contención,  arrimada en la última esquina, había una cabaña prefabricada, con las ventanas cegadas.

— ¿Y esa cabaña?

El hombre rió profundamente. Y Nerea entregó la carpeta con los albaranes: —Es el cuarto secreto de Nes. No pongas esa cara. No sé lo que hace en ella, ni me interesa… Con los jefes hay que andar con pies de plomo.

Nerea intuía para qué necesitaba alguien un sitio secreto.

 

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Murallas (Novela corta) 16/1

16.1

Noemí se rompió una mañana soleada de sábado, mientras paseaban juntas. El niño jugaba con el chupete lima prendido a la camiseta deportiva, regalo de Nes. En el tiempo que llevaba en la mueblería se habían acercado muchísimo, a pesar de que Noemí era muy reservada. A veces parecía que había callado muchas cosas durante mucho tiempo y Nerea se limitaba a escuchar. El niño requería su atención constantemente, por eso, al empezar a gemir, respiraba profundamente y contenía las lágrimas, para que el bebé no llorara también.

Noemí necesitaba confesar, y no le bastaba el párroco de su barrio ni su prima lejana monja clarisa.  Ese día sólo había trabajado unas tres horas para preparar un pedido y luego debía ir hasta el almacén, junto al polígono, ya que Nes tenía entrenamiento la tarde del sábado. La muchacha se presentó con el bebé y Nes le dijo que no saldría con ella si no tiraba a ese crío a la basura. Nerea le recriminó diciendo que se relajara y él se encerró en el despacho que casi siempre quedaba abierto.

 

Una mañana soleada es perfecta para una confesión.

Noemí se quejaba de que había sacrificado muchas cosas para encajar en la vida de Nes, que valoraba que hubiera aceptado al niño, que todo le iba aparentemente bien.  Quizás se equivocó.  Reconocía que, antes de nacer, decidió abandonar al padre del niño, por Nes,  hace unos tres años. Como si fuera la primera vez que lo escuchaba, habló de Yesca.  Un tipo simpático, buen tipo, detallista, pero que no podía confiar en él como padre, querían tener un hijo y lo tuvieron. Tener algo que te espolea las entrañas te cambia tu modo de ver las cosas. Noemí se calló. Las lágrimas cesaron  pero no la sonrojo de su cara. Se mordía las mejillas, se amarraba las manos al banco como si fuera a saltar desde un avión. Nerea comenzó a dar consejos generales, multiusos. Tomó carrerilla.

Noemí se levantó furiosa. No le importó empujar ligeramente el carrito y que el niño se asustara,  sólo fue un amago de sollozo. La serenidad personificada. Nerea la miró como una extraña, la primera vez que veía a ese cuerpo recortado por el sol. Noemí se quedó paralizada un instante, valoró con una mirada a Nerea y luego se arrodilló para coger algo de la pañalera. Desdobló un documento, presentándolo como una credencial, como una prueba en un juicio de asesinato. Era una denuncia, una denuncia de Ligia Martos Aranguren, abuela materna que la acusaba de vivir una vida nociva  que la incapacitaba para educar a un bebé con unas necesidades especiales. Nerea revisó el escrito y descubrió los antecedentes por allanamiento, escándalo, consumo de drogas… Desde lo catorce.

Noemí se mostró valiente, estaba preparada para cualquier consejo, ataque o desprecio por parte de Nerea. Mecía el carrito. Ésta se la devolvió. No podía nada más que balbucear y prometer que todo se arreglaría.

 

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Murallas (Novela corta) 15/2

 

 

15.2

Durante la comida, Miguel empezó a hablar de su hermano, el controlador aéreo, y de su hermana, periodista digital experta en tecnología. Nerea correspondió con su hermana que era publicista y su hermano, dueño de varias franquicias de duplicado de llaves. Ambos se consideraban como los hermanos estúpidos y brindaron por ello.

—Puede que sea algo pronto, pero, ¿te gustaría irte conmigo un fin de semana? Pago yo.—Miguel se rió sin dobleces, quizás demasiado condescendiente para Nerea.

Una foto física siempre es un gran recuerdo.

Como en toda buena cita, terminaron jugando al pong. La conversación se dirigió a la experiencia de Miguel en su trabajo como fresador en la fábrica de coches. Llevaba desde los dieciséis, y aunque hubo una regulación de empleo, no se vio afectado. Hablaba del metal como una materia etérea, con infinitas posibilidades. Nerea aprovechaba sus desconexiones para meter gol.

— ¿No tienes nada qué contar?— Llevaba un mes en la mueblería, su jefe ya había tomado confianza como para dejarle cerrar la tienda, se había gastado el primer sueldo en un vestido y unas botas que sobrepasan del presupuesto… Nada interesante.

La pareja se acercó a un fotomatón, era una tradición para Nerea guardar un recuerdo de cada salida feliz.  Ella no quiso ponerse en su regazo. Un aviso de mensaje coincidió con el destello de la cámara.  Nerea escogía un bonito tema de bonsáis.

—Ya van camino del bar, nos tomamos unos cacharros con ellos. Te lo vas a pasar bien, son buena gente.

—No quiero ver gente hoy… Vámonos a tu casa y pasamos la noche juntos. ¿No te parece?

La boca se había convertido en una mueca de asco, aunque Miguel no se enteró. Insistió en describir a sus amigos como gente agradable que le iba a hacer sentir como en casa. Tres amigos, su hermana, algún amigo que se pasaría por allí…

Dimas había enviado su curriculum a una agencia internacional y parecía destinado a irse. Sonsoles planeaba un largo viaje.  Y el resto estaban ocupados. Conocer a los amigos de Miguel quizá fuera una buena idea, pero de repente le resultó insoportable. Sólo quería acostarse con él, no quería nada más. Y al verle sonreír con esa expresión de querer agradarla,  le parecía más estúpido que nunca.

El silencio de Nerea le hizo callar también a él. Ella parloteó que no era el momento de conocerlos, que sólo llevaban dos semanas, que no estaba preparada y era mejor que asentaran su relación, que le gustaba mucho pero todavía no era el momento.

Caminaron por la calle principal,  llena de gente que iba a la última sesión. Por un recodo, se adentraron en la calle de Nerea.  Ella se paró en la esquina desde la cual se veía el portal.

—No hace falta que llegues a casa. Lo he pasado bien. — Nerea le besó el cuello y  se alejó. Miguel  pensaba en la gran noche que iba a tener con Nerea a su lado mientras estuvieran con sus amigos y luego tomando algo en su casa. Sus piernas cruzaron la calle y cuando llegó al portal, lanzó un beso y se introdujo. Miguel sufría la desazón de no verla. Sus amigos le llamaron, le  estaban esperando con una cerveza para él y su chica.

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Murallas (Novela corta) – 15/1

15.1

Las farolas se acababan de encender, virando del rosa al amarillo. La figura contundente y grácil de Nerea, se deslizó hasta el centro de la explanada de adoquines blancos  y maceteros de cemento con mosaico en tonos marítimos, tan lejos del mar. Miguel se adelantó para recibirla, con una sonrisa, junto a la fuente en forma de flor de diente de león que también se acababa de iluminar. Tras dos besos, él se apropió del cabello entre sus manos, lo notaba ligero; luego sus manos tomaron el talle, arrinconando las costillas flotantes, y los músculos de ella se arquearon. Ella estiró su cintura elevando los hombros; Nerea se había cambiado el color de pelo ese mismo día, a un castaño dorado. Miguel veía como un buen augurio que lo hubiera hecho por él.

La cita con Miguel prometía mucho.

—Estaba cansada del rubio— Nerea golpeó con suavidad el pecho de Miguel, el cual llevaba el colgante en forma de espiral doble que le había regalado en la primera cita, ese mismo día en que se acostaron sin dudarlo, como si se hubieran conocido de toda la vida. Nunca le había pasado con nadie.

—Perdona por llegar tarde—. Había esperado una hora, ya vestida y maquillada, observando las agujas, para llegar moderadamente tarde.

—Después de la cita nos podemos tomar algo con mis amigos, que quieren conocerte.—Miguel se quejaba del tirón en el esternomascloideo, había hecho un turno doble soportando. —Una vez tuve una luxación, eso sí que era dolor.—Nerea se subió a un banco, y dejó el bolso. Dio la vuelta a Miguel y masajeó a lo largo del músculo. Una pequeña corriente le erizó la nuca. Las puntas de las uñas se encarnaban, leves, y las yemas ablandaban la carne endurecida.

—Lo haces muy bien.

—En mi casa soy la masajista oficial.— Era algo simple  con lo que podía ayudar a las personas que querían, especialmente los terribles dolores de la ciática de su padre, acostumbrado a adoptar posturas erradas en el taller de coches.

En medio del vestíbulo del centro comercial, máxima capacidad del sábado vespertino: las parejas que iban a pasar la tarde,  jóvenes o jubilados; los grupos de chavales, las amigas que tomaban un café. Los niños que acababan de salir de la primera sesión de cine, inundaron el atrio. Nerea hablaba con los brazos cruzados sobre su bolso, Miguel protegía su perímetro como el brazo derecho. Iban a coger el ascensor cristalino a la última planta, un restaurante de decoración tirolesa que al chico le encantaba por su variedad en carnes y postres caseros hechos con recetas tradicionales. A ella le había bastado una hamburguesa o una tapa de queso, pero hoy no le tocaba escoger. Miguel contaba emocionado cómo, él que no era un aficionado, se divirtió con un compañero de trabajo que le invitó a un concierto de rock alternativo. Nerea seguía con los brazos cruzados pero su sonrisa dulcificaba su efigie. A veces ella miraba hacia abajo, alegre de despegarse del suelo. Miguel observaba su perfil, los labios finos en forma de gaviota, con el pequeño fruncido en la comisura. Le parecía la mujer más guapa que había visto en la vida.

YA sentados, decidieron pedir una tabla de carnes variadas, dos batidos de mango y una ensalada verde. Nerea sacó la cartera pero Miguel dijo que en esa ocasión él invitaba. Miguel se levantó a hacer el pedido y pagar en caja. Sin duda podía tener lo que le interesaba como hombre, le quedaban bien los vaqueros, se tomaba en serio cualquier frase mínimamente inteligente.

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Murallas (Novela corta) – 14

 

14

Justo antes de cerrar, un hombre de chaqueta de motero se interesó por la escribanía de caoba inspirada por el modelo del camarote de un buque inglés.

Nerea recogió sola los folletos. La relación con su jefe funcionaba,  aunque fuera con sus pequeños contratos por horas, puede que tuviera un futuro vendiendo muebles. Encima le alababa su buen gusto para la decoración, así se ahorraba contratar a un profesional. Nerea planteaba comprarse un vaquero entallado que había visto rebajado, pensó en lo que ella había sido, cuando se compraba ropa todas las semanas…

En la Feria de Muestras Nerea descubre mucho sobre Nes

Habían llegado a las ocho tras tres horas de viaje. Nes era mucho más hablador conduciendo que en subida normal. Las carreteras tiraban de él, como si un juez le metiera el brazo hasta el cerebro y estirase la cadena de neuronas. Mientras estaba callado conservaba cierto atractivo, parecía mesurado e incluso inteligente, pero comentando cada rasgo de la vida social que le rodeada, se convirtió en un guerrero pretencioso. Ya le había cogido el truco y sabía que era mejor dejarle hablar.

Nes la había buscado a las cinco de la mañana. Un biplaza coral con cuadro de mando incrustado en nogal. Mientras amanecía, las ojeras de Nes se alargaban, se oscurecían. Pararon a tomar un café con leche, con azúcar, sin nada más. Nerea aceptó un solo cigarrillo. Relajados, Nes le prometió darle otro más tarde cuando regresaran.

Al sentirse libre, derivó hacia el desastre.  La seguridad, una palabra que repetía continuamente, la mano dura, el control. Conducía, bebía un asqueroso refresco de cereza y los ojos se llenaban de un brillo malévolo. Al decir: “Cuando lleguemos habrá que limpiarlo todo. Son unos guarros”. Paró de hablar en seco y no le dirigió más la palabra.

Los operarios de la mueblería habían montado el stand el día anterior.  Nes decidió recolocar algunos muebles.        Nerea se cambió de zapatos en uno de los aseos y rectificó su maquillaje.  Se colocó la placa identificativa. Hasta la hora de comer, Nes hizo varias visitas de médico con la frase al vuelo: “¿Qué tal va?” Lo único que cambiaba era la bebida en su mano: refresco, cerveza, cerveza, vino, refresco…

Durante toda la jornada, especialmente de seis a nueve, la aglomeración de público hacía que se estorbaran al caminar por culpa de observar la pantalla de los móviles. Nerea  sólo había podido cambiar de posición a la hora de comer, media hora: un perrito con aguacate e hidromiel.  Pero en el periplo de su expositor a la cantina se convirtió en  una experta en marcos de ventanas de cobre, estores de cerámica japonesa o domótica aplicada a la regeneración de residuos. Nes estaba desaparecido desde entonces.

Idalia y Pascual le había hecho un retrato de Nes idílico. Sin embargo, ese viaje había confirmado sus sospechas. Sus salidas y entradas en la mueblería, llamadas extrañas, susurros… Ya  había salido con él y Noemí. Fumaba demasiado. Le parecía admirable que estuviera con ella, a pesar de la enfermedad del crío. Sonsoles, Dimas y todos los demás parecían vivir en un mundo paralelo, tenían sus faenas y no podía contar con ellos, por lo menos no lo sentía así.

Nes había sugerido para a cenar en un restaurante de carretera y ella había dicho que no.  Era  casi la una cuando salieron de la exposición. Ni lo había pensado, fue algo instintivo. Incluso a Nes le pareció demasiado brusco y se desternilló. Tan exagerado que supo que se había fumado otro porro. Su jefe, el verdadero jefe, le había desgranado su enfado con el hijo, no le gustaba cómo usaba su tiempo libre y como afectaba a la empresa. Y sorprendentemente, no le gustaba Noemí. Era difícil compartir esa idea. Era un empresario sesudo, tradicional, y cuando se enfadaba dejaba claro que se culpaba de haber dado demasiados caprichos a Nes.

Sólo tenía que ocuparse de los folletos y otro material de información, los operarios aparecieron como magia para desmontarlo todo y cargar los muebles. Nes apareció a la hora justa, el miedo a que estuviera achispado no era tal, parecía sereno. Había tomado algo  con unos amigos del ramo. Nerea volvió a negarse a cenar. Durante veinte minutos repasaron  las peticiones.

Nes era encantador. Cuerpo de futbolista. Incluso podía ser amable. Pero el viaje de vuelta se presentaba extraño. Algo se había roto, se había confirmado algo que aparecía en su mente. Nerea se mantuvo alerta a pesar de su sueño.

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Murallas (Novela corta) – 13

13 (III)

 

Asqueada por la vida y el recorte de pensión, la viuda se recluyó en las buhardillas de la larga circunvalación, en un piso 25 de los bloques de viviendas. Yesca pasaba más tiempo fuera que dentro, lanzándose por los terraplenes con carritos de la compra, serigrafiando las paredes con su nombre, una marca registrada; dándole palizas a los que maltrataban a las viejas que se arrastran los tatatacas y manejan las sillas eléctricas.

Escuela cuatro, revisaba las caras dejando claro que no iba a dejarse dominar por las estupideces vanas. No lo sabía, pero ya había decidido que ningún ser humano le podía enseñar nada. Ningún barrio de la ciudad era su barrio, por eso era toda suya. Cada acera, cada farola, cada aparcamiento. Había  niños que querían cagar más arriba del culo y sabía que eran su primer objetivo. Durante el recreo,  en su guardia de paseo, saltó una bronca monumental entre una giganta y una chica de zarcillos verdes. Doncella sin apuros. Se produce un quite, un redoble, primero de susurros, luego de voces. La mole cae por  un derechazo pulcro  y se rompe los dientes. Así se encuentra el amor sin esperarlo.

Tenían sus citas en el puente de los suicidas, con la mampara arañada por los motes. Él le pidió el aerosol y puso “NO-emi-ON” en mayúsculas y versales, como las que tenía su padre en el cajetín de titulares. Era algo torpe en escuchar, nunca había tenido paciencia para que las otras le explicaran sus sueños. Él quería ser futbolista, ella modelo. Ambos tenían un plan B: conductor de ambulancias o esteticién.

Yesca y Chispa rompían la valla, Yesca y Chispa borraban la marca, Yesca y Chispa aterrorizan a los estudiantes pulcros que huían.  Yesca y Chispa no tomaban mierda, les bastaba con su porro y un chorro de cerveza; planeaban por las arenas, tanto de madrugada como de sobremesa, se besaban en  las altas azoteas y en las estaciones de metros desiertas; Chispa le enseñaba ciencias, Yesca poesías. Era normal que el envidioso azar les traicionara.

Casi al final de curso,  Yesca entró en la cárcel por superar el mínimo de maría para consumo personal. La madre no soportaba sus derrotas y se olvidó para acogerle.  Comprendió la vida ostentosa en los soportales.  Acabó en la cama de Chispa, escondiéndose de los padres. Pero se pronto todo volvió a su cauce.

Terminó cogiendo hojas para el ayuntamiento, y descubrió la belleza matemática de los parterres, le encantaba el rocío de la mañana y comparar las caras con las sombras de los macizos. Encontró placer en fumarse las entretiempos, hacer volar las hojas con el soplador, en movimiento radial, las corrientes que se enroscaban en los árboles secos, las corrientes que abrazaban los árboles vivos, los pasos en las travesías cortados por la tela de arañas, donde los diarios toman atajos y los nocturnos se escondían en las marañas.

Celebraron el aniversario de harina entre las cenizas de la hoguera, en una noche con luna, en las afueras, cerca del polígono industrial. Con el grupo de amigos, enemigos, desatinos, conocidos, aparecidos… Allí estuvieron hasta las doce, como el cuento de hadas que es su puta vida, fumando todo  lo que tenían, disfrutando de la vida, sabiendo que no había nada más.

 

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Murallas (Novela corta) 12/2

12.2

Dimas se merecía unos minutos de su tiempo. Y ese era un momento tan bueno como cualquier otro. La voz de Dimas le tranquilizaba.

—Yo era muy amigo de esa señora, la señora Marina, era de esas mujeres que a pesar de ser mayores conservan, no sé, como una belleza, y eso que tenía los ojos ya muy hundidos.  Un día la directora me llamó a su despacho, una encerrona, y allí estaba con los hijos de la señora, que por desgracia, yo conocía muy bien.

Siempre es mejor una copa de buen vino para sobrellevar la noche.

Pascual había descendió y se sentó al lado de Idalia, ambos mirando hacia el escenario.  Ella le dio un golpecito en el pecho, y él movió la cabeza.  Ella comenzó a reír, abriendo toda la boca, enseñando los colmillos, y luego, él le imitó. Al final, ella le amparó la espalda y le dio un beso en la mejilla. Pascual se limitó a mirarla bajando un poco la intensidad de la risa.

—Sabía que eran amistades suyas y por eso aguanté el chaparrón, porque no están las cosas como para dejar un trabajo. Pero entonces, sólo para hacerse la lista, intentó despreciarme como trabajador y allí no pude más. Le dije: yo no tengo la culpa de que no la visiten tan a menudo y hable conmigo. Esa fue la sentencia final.

No le había hecho mucho caso antes, al contar lo que le dolía que Guillén mostrara en público que había rehecho su vida con una chica más alta, más rubia, pero no más guapa que ella.  Pero un trabajo es un trabajo.

—Deberías verla. Lleva la residencia como si fuera una empresa cualquiera, como una ganadería, no le importaría tener una empresa de pateras si fuera legal… ¡Nerea!

—Oye Dimas, sé bueno y tráeme otra copa.

Su amigo tomó la copa vacía para acercarse a la estación de bebidas.

En un segundo donde Nerea tenía en su mente la imagen de una botella gigante y rota sobre la cabeza de su exnovio, otra voz le sacó de su ensimismamiento:

—Nerea, ¿hola? —Noemí se había quitado las vetas azules y se había teñido el pelo de caoba. Estaba igual de guapa. —Aquí te traigo a Nes.

Sin duda parecía mucho más alto visto desde la barrera, sólo le llevaba media cabeza a Noemí. Los párpados caídos y el rictus en las comisuras no le parecían demasiado amigables. Nes le explicó que necesitaban a una chica con buena presencia para ir a dos ferias, y a lo mejor, hace sustituciones. Y que al verla, no le parecía mal. Nerea supo que había medido cada protuberancia de su cuerpo y que le había dado visto bueno.

—La última palabra la tiene mi padre, pásate por la mueblería a eso de las once, este martes.—Se notaba que había sido obligado por Noemí, porque buscó su aprobación mientras resoplaba.

Dimas llegó con la copa y Nes aprovechó para apuntar que le esperaban sus compañeros. Noemí se marchó extrañamente feliz, como si Nerea accediera a regalarle algo.

Dimas se quedó callado, intuyendo por los años vividos,  que no era el momento en que Nerea estaba más comunicativa. Él quería descubrirle muchas cosas, contarle historias que le calmarían, quería ofrecerse para que ella fuera más feliz. Idalia y Pascual bailaban un pasodoble y Nerea sentía envidia.

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Murallas (Novela corta) 12/1

12.1

La cancha de entrenamiento había sido cubierta con una jaima que protegía al público tras el buffet protocolario de la nueva directiva, o más bien, de la cuadrilla de personalidades elegidas  por el nuevo director y dueño del equipo. Había contratado a un servicio de cáterin, cocina fusión caribeña-ucraniana, propiedad de un empresario de toda su confianza… Nerea se centraba en comer y beber todo lo que aguantara sus pantalones vaqueros; paseando como un francotirador, dando vueltas al identificador naranja de su copa, naranja como el fondo del renovado escudo del equipo.

—Se nota que tu padre no lo está pasando bien, pero aguanta como un campeón.

Los identificadores de copas

Pascual intentaba buscar el equilibrio en la plaza que le habían asignado en la tarima.  Su puesto era casi testimonial en el nuevo organigrama, pero Nerea sabía que su padre, tenaz y concienzudo como cuando cambiaba la conexión eléctrica de un motor o arreglaba a golpes  el bollo de un morro, realizaría su labor de la mejor manera posible.

—Ahí va Pascual. – Dimas lo remarcó marcando su mentón con los dedos índice y pulgar.

El director lo presentó,  Pascual dio tres pasos, tomó el micrófono, dio su discurso de agradecimiento  de una frase y volvió a la formación. Idalia estaba extasiada, llena de un orgullo radiante, dando culadas en su silla;  Nerea se sorprendió tanto que por un instante detuvo las revoluciones de su etiqueta. Señaló para dirigir la mirada de Dimas…

—Dios, ¿te has dado cuenta de lo feliz que está tu madre? No los veía tan contentos desde que pasaba horas en tu casa, por el instituto.

Comprendió que nunca había entendido por qué sus padres estaban juntos hasta ese momento. Era cierto cuando su madre le decía que no se enteraba nunca de nada.

El director desgranó toda la nueva directiva, hizo pasar los jugadores y al entrenador. Tres de ellos también eran entrenadores de las categorías inferiores. Nerea reconoció a Nes, con un traje gris perfecto, que se mantenía como el entrenador de alevines y benjamines. Según el director, era un activo esencial y los niños lo adoraban.

—Es una pena que Sonsoles tuviera que trabajar. Ella se lo pierde. Eso le pasa por ser autónoma. Yo prefiero cobrar mi sueldo, aguantar al jefe y luego irme.

La presentación terminó. Ahora el escenario empezó a ser ocupado por una orquesta de tres músicos que empezó a enchufar los altavoces. A la copa de Nerea le faltaba sólo un trago

—¿Quieres creer que me ha llegado el finiquito por fin a mi cuenta? Le tuve que ir a amenazar con denunciarla, si no, nunca me lo daría.

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