Perro

Estoy matando a mi perro. No sé qué comida debo darle. En el supermercado la hay de pollo, de ternera, con bifidus, con verduras de la huerta, enriquecida en provitamina A, E, 0…  Está cabizbajo, oliendo el suelo de este piso casi vacío. No he llamado.

Fue un regalo. Pasa sellar una relación duradera, para demostrar que podíamos durar tantos años como para criar y adiestrar a un cachorro de Pomerania como el que ahora me está mordiendo la falda azul. Tiene cinco meses. Todavía se mea de vez en cuando, pero ya  creo que lo  tengo controlado.

   Le dije a mi marido que lo había comprado en un arrebato. Iba por el centro comercial, el de la Marquesa, y pasé con una amiga delante de una tienda de animales. Perritos, loritos, culebrillas.  Los cachorros se dividían en compartimentos trasparentes, supongo que de metacrilato. Quería tener un perro pequeño. Mi padre odiaba los animales, y sólo por eso, lo compré. Miré los chouchou, los chihuahuas – qué grima– y al final me decidí por mi querido Beckham.

Lo llevo en mi bolso de pedrería a todas partes. Mi marido me dice que le parezco ridícula, pero yo me siento bien con el complemento. Ya me sé todas las boutiques que me dejan entrar con él.  Cuando quiero visitar alguna que no lo permiten, lo dejo en casa con mi hijo mediano. A los otros no les hace gracia.

En realidad es un regalo de Sebastián. Me demostró así que quería que  nuestra relación fuese duradera. Es un encanto. Cuando nos vemos, en cualquier piso que nos veamos, lo llevo para que lo vea.  Lo encerramos un ratito para hacerlo, e incluso le lleva regalos, como a mí.  Antes nos veíamos una vez  por semana, pero ahora nuestra cita es quincenal.

Nos vemos en casas alquiladas. A la hora de comer. Trae la comida para no perder el tiempo en salir a restaurantes. Lo prefiero. Me gustaría pasar una noche con él, dormir juntos, despertarnos…  Pero tiene que volver cada noche a casa, lo comprendo.

Son casas donde nunca hay una cama. Generalmente, tomamos una copa, lo hacemos en el sofá y volvemos a nuestras casas. Un apaño, para tener las tardes libres para las amigas de la ópera y la asociación de protección a la infancia.

Soy sincera, no me importaría dejar a mi marido y mis hijos, todos son unos independientes egoístas. Igual que yo. No creo que a ninguno de ellos le importase.  Mi  hijo mediano se enamoró del perrito al verlo, lo quiere más que a mí. Se ha convertido en mi aliado que me permite ocultar que el perro no me importa. El chico se desvive con su mascota tras volver de la universidad, me quita responsabilidades.

Espero en este apartamento sin sofá. Me hizo recoger las llaves y me tiene esperando, ya no es tan atento. Sólo hay una mesa camilla y una nevera. Beckham está más insoportable de lo habitual. Debería indignarme, pero la ridícula idea de verme sobre la mesa de la cocina como un pastel de carne, no me disgusta.

No me ha mandado ningún mensaje. Se está haciendo el loco. Quiere darme puerta. Es un aprovechado y presume de ello. Es un canalla y me parece bien. Aunque llegue tarde… Él sabe que no me importa. Pero llega demasiado tarde. El perro está más intranquilo que yo. En cuando llegue le tiro la comida a la cara, la hora de comer es muy corta y yo también tengo gestiones que hacer. Además sabe que cuando me enfado me pongo fuera de mí. Y no me importa patear al perro si lo tengo que hacer.

Reconozco que a veces  he tratado mal a mi perrito. Pero se portó mal. SE comporta como él. Me lo compró para ahondar, porque quería ir más allá conmigo, porque quizás se planteaba algo más conmigo que acostarnos un día cada quince en el suelo de apartamentos sin cortinas.

Estaba cansado. Ya noté ayer que no se agitaba al verme. Ya no temblaba. Es muy tarde, no vendrá. Tengo que devolver las llaves al portero porque su amigo de la inmobiliaria va a enseñarlo esta tarde.

Cree que como soy una señora clásica y educada, no voy a  hacer nada si me deja. Soy capaz de enviarle el perro por correo. Porque no quiere nada conmigo, yo tampoco quiero nada de él. Le devuelvo todos los regalos. Menos los pendientes de diamantes. Creo que es un buen pago por aguantarle lo que no le aguanta su esposa.

El perrillo se acaba de despertar y me lame los zapatos. Podría enseñarle nuevos juegos, o enviarlo a la perrera. Dejárselo al niño como único dueño y que lo pasee por el campus.

Ha pasado ya la hora. Ni siquiera un mensaje. Ahora sabrá que no soy esa tontita. Me presento en su casa con el perro y lo colgaré del dintel con una notita: “Gracias por nada, cariño”.

 

 

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