Murallas (Novela corta) – 22/2

22-2

Sonsoles conducía un sedán de color cereza que, sin duda,  le quedaba como un guante. Dimas se empeñó se comentarle cómo un vecino de toda la vida, con un trabajo estable como interventor en un banco, había robado una tragaperras en el bar. Siguieron las diversas calles paralelas al río hasta aparcar a unos doscientos metros de la Puerta del Norte, o la de los cuervos, ya que una torre familiar estaba a su lado con un escudo con cuervos y  lanzas, no muy lejos de la parada de autobús. Allí les esperaba tres personas, viejos amigos del instituto. Uno de ellos, Mario, era hematólogo en una clínica alemana desde hacía cinco años, raro y pedante. Según Sonsoles, seguía siendo insufrible. Su mujer, técnica de laboratorio, de la que intentaba recordar su nombre, fina y segura. El marido de Sonsoles, lo más parecido a un insecto palo, completaba el grupo; se le había quedado un acento de Glasgow tras hacer la carrera en Lingüística inglesa.

Perderse dentro de la constelación.

Bar “Esferas celestes”; dos chupitos de tequila, una cerveza negra. Pub “Eterno retorno”; vino tinto con gaseosa, un pincho de tortilla española con espárragos. Disco taberna “Mandala”; cerveza con limón, chupito de vodka, chupito de licor de manzana. Bar “Mahdi”; ronda de licores de hierba con un toque de ron oscuro.

Cada trago mejoraba el ánimo de  Nerea. Se sentía relajada, sin atascos en su  mente,  pensando en lo feliz que era y el futuro lleno de posibilidades.  Tenía lo exacto para seguir adelante y triunfar: era guapa, evidente; era inteligente, todo el mundo lo decía. Se merecía el mejor hombre que se pudiera encontrar esta noche y las demás. El más excelente del mundo se arrodillaría y le pediría perdón por ser tan poca cosa para ella.

El grupo, guiado Dimas, callejeó hasta el bar de su amigo, justo al lado de la muralla. Toparse de esa manera con la pared de piedra enajenó  a Nerea. La montaña se había estrellado contra Mahoma. Allí volvía  a estar, nunca se había ido, el jodido de Yesca seguía muerto al otro lado. No podía destrozarla, ni vadearla, la única opción era escalar y dejarse caer.

Dimas la arrastró para meterla en el bar. “Es un local que lleva cerrado tres años por consumo de drogas. Pero el tipo es majo, te va a gustar.”  Dimas saludó desde  la puerta y un tipo bajó por debajo de la barra para apretarle la mano y el hombro. El pelo cortado al uno y unos brazos tostados con golondrinas, laberintos y soles aztecas.  El estar casi borracha fue un aliciente para que al dueño le cayera en gracia. Nerea se mostró de lo más fraternal, la idea de pasarse las noches del fin de semana infiltrada  en el bullicio del fin de semana del barrio viejo era lo que necesitaba en ese momento.

Varias rondas de tequila con bitter, amaretto, menta. Nerea en un acto de solidaridad ayudó a servir algunas copas. Hubo feeling con Carlitos, el jefe. Todos brindaron con el gran secreto de  Dimas: se iba a Alemania, a la misma clínica. Nerea se lo tomó tan bien que utilizó su último billete en una última ronda de tequila.

La tropa terminó en una placita, con el desafío a un grupo de adolescentes.  Se lanzaban medias miradas de hostilidad, en el marco incomparable de los edificios históricos. A las cuatro, el hematólogo echó la pota en un parterre de la calle de los curtidores; fue el pistoletazo para correr a casa. Sonsoles condujo de manera responsable, no dando más eses que las necesarias. Nerea abrió con sus llaves el portal, su vecinita del primero se metía mano con un chico bastante mayor que ella y pasó lo más rápido posible para no molestar.

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