Murallas (Novela corta) – 22/1

22.1

Acababa de salir de la ducha y ella cruzaba el pasillo con celeridad. Tenía que secarse rápido y no encontraba el secador de mano; Sonsoles y Dimas iban a pasar a buscarla, junto delante del edificio. Terminarían la noche en el bar del amigo de Dimas, les invitaría a unas copas y le haría una prueba como camarera. Nerea chancleteó notificando a Idalia. La madre empleó su tono más severo para decir algo inaudible que la chica interpretó como “No debería gustarte salir tanto dada tu situación”. Nerea se encerró en la habitación y se arrancó la toalla, se restregó los sobacos y el interior de los muslos. La tiró sobre la cama de Silvia que estaba hecha. Delante del espejo del armario, revisó cada centímetro de su cuerpo, comprobando que sí, había aumentado unos cuantos quilos. Se apretó el abdomen para crear esa pequeña lorza que nunca había tenido, o al menos, nunca se había dado cuenta que estaba ahí.

Se puso sus bragas grises con un bordado en rosas negras rococó, un sujetador azul eléctrico y sus vaqueros color miel. Quería estar despampanante. Encontró su camiseta con pajaritas de papel, la más ceñida. Sólo faltaba la chaquetilla tipo militar en color teja.

Nerea prefería maquillarse en el baño, las luces artificiales le permitían diseñar mejor su imagen y ese día quería divertirse y entrarle por los ojos a ese empresario, el del “El Reducto”, que por informes de Dimas, estaba algo salido. Al parecer, tenía una novia preciosa pero vulgar, de esas que llevan las tetas tres tallas más que las de sus vestidos.

Salió del cuarto con todo el instrumental para la puesta a punto. Idalia la interceptó.

— ¿Crees que te van a dar el trabajo por ir así?

—Sí, mamá.

—Vuelve a la escuela de veterinaria, no tienes por qué seguir con esos trabajos.

—Cuando tenga algo más de pasta.

—Te lo he dicho mil veces, te la pagamos nosotros.

Nerea se libró con un internamiento aprovechando el flanco derecho. Cerró la puerta del baño. Mientras se maquillaba, pensó que no era una mala idea, pero ahora mismo, no quería estudiar más, quería ganar dinero, encontrar un piso, liarse con alguien, salir de allí a toda costa.

Oyó a Pascual que se había levantado de la siesta, su amigo y antiguo jefe, era ahora el señor de la entidad deportiva. Era el hombre cojín que se sentía utilizado.  Cansado de la gran responsabilidad en la junta, con la sensación de  que su aportación era nula. En la sobremesa, Nerea le había abierto los ojos, repasando todas las mezquindades que había hecho con el equipo, pero su padre le callé la boca. Era leal, sin duda.

Se vistió con vaqueros y camiseta con un dibujo de frutas tropicales colocadas en espiral. Salió disparada del edificio sin despedirse cuando la bocina resonó. Hacía semanas que no quería mantener con sus padres nada más profundo que comer o llevarles a algún sitio. Pascual  había tenido un susto con la ciática y lo llevó a urgencias a las cinco de la mañana. Su madre le convenció para buscar a la imprenta las participaciones del número de lotería de la asociación, se negó de manera firme  ayudarle a venderlo.

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