Murallas (Novela corta) – 17/2

17 -2

Silvia hundió su cabeza en sus manos, Las arrugas de las comisuras se extendían hasta las orejas. La piel traslúcida de las manos sin maquillar. Débil, su hermana podría disfrutar de la triunfadora vencida que se hallaba delante de ella. Se podía cobrar todo su fracaso.  No aprovechó la ocasión. Echó el teléfono a un lado y se sentó para llorar con ella.

A las siete Silvia ya se había levantado, las tres horas de conversación con su hermana le habían quitado un peso enorme y volvió a recuperar su papel feliz. Quili se presentó muy temprano, no quería esperar a que le diera la mañana. Pascual se marchó a media mañana para una cita con el jefe del equipo, un problema con uno de los entrenadores de las categorías inferiores.

Se anulaba así misma.

Los tres hermanos compartían un café cuando Idalia levantó la voz en el teléfono en la mano:

—Te lo juro, Ligia, mi hija no se va a poner. Lo siento por ti, pero son tus problemas…  Vamos a hacer la manifestación, ¿qué más quieres? Mi hija no se va a meter en tus… No es una falta de respeto… Yo también tengo hijos así que no hables de esa manera… Te apoyo, te apoyo… Yo no puedo hacer eso, ni quiero obligarla… No, no se va a poner… Ya hablaste con ella. Basta ya. Después de la manifestación no quiero saber nada de ti…. Eso espero.

Quili decidió invitar a la familia a un restaurante nuevo, cerca del estadio de fútbol. Silvia volvió a ser encantadora y se convirtió por arte de magia en la charlatana que había sido siempre. Iba  a formar parte del equipo que dirigía  una de las cuentas con más prestigio de la empresa, una multinacional de bebidas que preparaba su campaña de Navidad. Era su primer gran triunfo. Nerea permaneció con una sonrisa irónica, disfrutando de la actuación de su hermana. Quili dijo que se encargaba él de llevarla al día siguiente al aeropuerto. Nerea canceló su cita con Miguel, no tenía ánimos para reflexionar adónde les llevaba su relación.

La señorita Ramírez disfrutó de sus escasas horas con su familia y, al día siguiente,  cogió su maleta y su bolsa de mano, recorriendo el pasillo del apartamento familiar, con el resto de la familia dormida; dando un repaso al techo desconchado del piso y a ciertas esquinas agrietadas. Se sintió mucho mejor al cruzar la puerta. Estaba dispuesta a pactar hasta cierto punto porque sabía lo que quería.

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