Murallas (Novela corta) – 17/1

17-1

La señorita Silvia Ramírez aterriza en al aeropuerto en una soleada mañana de sábado y es recibida, con un gran abrazo,  por su hermana Nerea que se ocupa con agrado sus maletas. En el trayecto a la casa familiar, Silvia explica su éxito profesional que se deriva en una promesa de contrato indefinido en la empresa publicitaria donde realiza sus tareas de becaria.

La llegada de una hija tan querida es celebrada con lágrimas en los ojos por sus emocionados padres: Idalia, una ama de casa hacendosa y vital, le reprocha suavemente sus casi ocho meses sin volver a casa pero pronto se olvida de ese particular; Pascual, el padre, trastabilla y casi rompe el jarrón esmaltado comprado en una feria internacional de tapas.

Siempre hay alguien que lleve las maletas.

Silvia se muestra compungida sobre las últimas visitas muy breves. Pero pronto consigue que la familia se una como siempre comentando su vida entretenida en la capital y todos los proyectos que ha creado para el futuro con su prometido, un dentista de alto prestigio al que adora toda su familia.

Nerea muestra cierta indisposición, ve en la actitud abierta de su hermana algún hecho extraño que le hace olvidar a la persona altanera y estúpida que se había convertido en  los últimos meses.

Pocos después llamó al teléfono fijo de la casa, Quili, el hermano mayor, que le prometió su encuentro para el día siguiente, aunque no podía llevar a los niños porque ese fin de semana le tocaban a su exmujer y se habían ido a un parque temático.

Tras un gran día de emociones en que Silvia contuvo en varios momentos el llanto, las dos hermanas se encerraron a pasar la noche en su cuarto juvenil que ya había sido limpiado de posters, cosa que a la visitante le pareció bien. Volver a sentarse, cama con cama, mirándose a los ojos fue un gran momento fraternal. Luego pasaron algunas horas, cada una con un móvil, Silvia contactó con su novio y le hizo una presentación de su cuarto. Le pareció muy vintage. Al cortar la comunicación, Silvia sólo pudo decir en voz alta:

—Nere, todo es una mierda.

Nerea apartó los ojos de su móvil. No la veía así desde los quince años en que su novio de entonces la difamó, declarando  que se lo habían hecho de la discoteca contra la pared del reservado.

Quiere que deje mi trabajo. Me ha dicho claro que quiere una esposa en su casa, sin historias fuera. Yo creí que era una broma. Claro que cuando  tuviéramos hijos, los primeros seis u ocho meses, no trabajaría. Pero no le basta.  Me enfadé. Se puso como un bloque de hielo… “Entonces me engañaste”, me dijo. Y seguía con cara de póquer. Ves, así, después de tres años. Después de tantas flores, tantos regalos, tanta preparación, ahora me sale con que me quiere encerrar. “Yo creía que querías lo mismo que yo, una familia.” Claro que sí, que quiero tener hijos, sería lo primero; pero qué tiene ver eso con trabajar o no. ¿Acaso no tiene dinero de sobra para pagar unas horas a una niñera o yo qué sé?… Dime, si me conoció y sabe como soy, a qué viene que me diga eso. Nere, no me lo esperaba.

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