Murallas (Novela corta) – 16/3

16/3

 

En el camino de salida, Miguel le mandó otra foto de su fin de semana en Madrid con sus amigos.  Había llegado esa misma mañana porque tenía turno de noche. Comentó con el icono de la sonrisa más amplia que encontró. Le sentaba bien compartir sus horas con un tío  tan positivo, pero sus intentos de llevarlo a otro nivel ya no le estaban gustando. Él y sus compañeros parecían divertirse en al parque de atracciones. Le haría saber esta tarde que le daba algo de envidia.

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  Sin duda Nes disfrutaba más como entrenador que como jugador, algo torpe, y sobre todo, muchos más que como el segundo de abordo de su padre. Lo que en la mueblería era ansiedad, dejadez se convertía en eficiencia al dominar a los niños de once años que correteaban por el césped.  Padres concienciados tomaban notas y hacían largos vídeo en sus teléfonos. Faltaba una hora para la comida, porque ese fin de semana.

Todo se convierte en una montaña rusa.

Los chavales formaban en hileras, en cruz, realizando pasadas como si de un espectáculo aéreo se tratase.; lanzaban balones a puertas, desde parado y desde movimiento; carreras, flexiones y un partido de diez minutos como colofón. Al verla en la grada, Nes se acercó y Nerea le comentó que ningún problema.  Que iba a llevarse a su padre a casa.  La gran dentadura le hizo ver que habían esmaltado las manchas que se delataban

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En el centro social estaba lleno de actividades ese sábado, el día del amor fraterno mundial o algo así. Ensayaban el grupo de música, el de judo. La misma Nerea había acudido a clases de ballet, en que descubrió que odiaba los tutús; en clases de guitarra, donde supo que sus dedos eran gordos y torpes; en clases de dibujo al aire libre, en que aburría intentado encajar el paisaje en geometría; cine-fórum, mediación social, alfarería… Idalia se había empeñado en  sacar la artista que llevaba dentro y no lo consiguió.

La Asociación Vecinal poseía el mejor local, y los hombres habían desaparecido. Se podrían fusionar con la de Mujeres sin ningún esfuerzo.  Además de rellenar cotillones, le tocaría doblar folletos, ensobrar y  meterlo todo en cajas.  Al entrar con la caja, había una mujer de pie, con vaqueros que marcaban una figura estilizada pero de persona mayor, con las caderas ensanchadas; una blusa melocotón que le tiraba de la sisa, el cabello largo en cola y con varias canas. Se apoyaba en una mesa como un juez que persuadiera a otro de condenar un delito. Idalia se levantó para coger los folletos y todo el mundo movió la cabeza, con una sincronía olímpica. Todo el mundo la conocía, incluso Nerea, era Ligia. Hasta la entrevista de televisión, no había conectado a la mujer con Yesca. Ligia le miró, con la certeza, de que también sabía quién era, de dónde venía, con qué personas se relacionaba y le encantaba que lo supiera.

Nerea se sentó tras saludar. Ligia recuperó su discurso con una voz titubeante pero tozuda. Estaba persuadiendo a las mujeres para que la apoyaran en una manifestación para exigir la reapertura del caso por  suicidio de su hijo Gabino. Sonrió ante la suerte de tener a Nerea. Una gran baza en su lucha. Había permanecido callada, encerrada en su casa, incrustada en su duelo, pero ya no  podía más. Su hijo se merecía ser considerado más allá que un traficante.

Fue fácil convencer a hacendosas amas de casa amantes de sus hijos. Incluso Idalia, que sentía pena y asco a partes iguales por Ligia, la respaldó sin reservas. Encargarían una gran pancarta a la imprenta, con la foto de Gabino, ya convendrían el eslogan. Ligia se comprometió a pagarlo ella y eso lo aceptaron. Le ofrecieron que se quedara para tomarse un café, pero prefería marcharse. Al recoger su bolso, se dirigió únicamente a Nerea:

— ¿Tú también vendrás, verdad? —Nerea, que rellenaba las bolsitas, asintió. —Entonces nos veremos bastante.

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Eran las tres de la tarde pasadas, e Idalia desesperaba en la cocina. Nadie pensaba en que ella tuviera cosas qué hacer. Comieron arroz con mejillones y una tarta de queso casera. Nerea se quedó dormida en su habitación, la madre le despertó para asegurarse que estuviera a las seis en el centro social. Se sentía tan adormilada que se tomó una ducha fría. Noemí le llamó para ir a algún sitio se excusó, su novio Miguel la iba a llevar a una vinatería para comentarle su escapada.

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