Murallas (Novela corta) – 16/2

 

16.2

Actuando representación de su madre, recogió una caja con folletos para la próxima rifa del día del cáncer infantil. Era dentro de una semana e Idalia ya la había presentado como voluntaria obligada. Al maniobrar con el coche, la rueda trasera se montó en la acera. Manoteó el volante hasta que recuperó la calma.

 

La habitación que le mostraba Sonsoles no estaba mal, su propia llave, conexión a internet de banda ancha, una habitación con una ventana, relativamente grande, al este;  sin embargo los muebles eran de conglomerado. Pensó en su maravillosa mesa de boticario o su espejo de cuerpo entero o su maravillosa cocina de acero inoxidable con acabados en mosaico. Y ahora esa habitación vacía, con su camastro y su colchón hundido, el monstruoso color pino. Y también esa chica de pelo rizado que vivía con Guillén, que se acostaba en su cama y observaba el amanecer, cerca de las murallas. Y decía estar enamorado, es  la mujer de su vida. Se exploto de risa. Sonsoles le miró extrañada. No tenía tiempo de preguntar-

— ¿Te interesa? Mi alumna es muy buena chica, es legal.

Nerea se cuadró en alféizar mirando al patio interior, con un árbol raquítico. Le recordó el sillón crema, insulso, que tanto amaba Guillén y que debía tirar. Desde allí, de manera sesgada, se podía ver alguna torre de la catedral vieja, pero eso no le bastaba.

El coche familiar estaba a  punto de dejarle tirada en la circunvalación, la suspensión no podía soportar las mínimas aceleraciones, quizás simular un accidente sería una opción sensata. Llevaba la carpeta de la mueblería al polígono industrial, sobre la caja de folletos. Luego se acercaría para recoger a su padre, en un corto paseo de diez minutos y saldría a tomar algo con Miguel. Era el entrenamiento de los benjamines y Nerea se lo pasaban bien con los críos.  Muchas empresas habían trasladado sus talleres o almacenes al nuevo polígono, lleno de calles nuevas, homenajes a víctimas del terrorismo, a figuras televisivas y a políticos y artistas variados. Era la primera vez que iba sola y estaba obligada a pasar de la zona de oficinas. Nes tenía una cita con el dentista, lo necesitaba, sus dientes comenzaban a criar una pátina parda y le olía terriblemente la boca si te acercabas demasiado.

No entró por la fachada con la persiana, sino por una puerta lateral. Conocía a los operarios por las entregas en la mueblería, y se llevaba muy bien con un retaco de cincuenta años,  al que le podía vencer en altura sin tacones. El hombrecillo la fichó rápidamente y le invitó a darle un paseo por la zona de carga y descarga. Había otros dos El anguila y el argelino sonriente. Le saludó con amabilidad porque no se acordaba de los nombre.  Subiendo una escalerilla metálica, pudo ver mejor la distribución de la nave.

—Hoy va a ser tranquilo. Sólo tenemos dos está mañana.

El portón de atrás si estaba abierto, un mozo con el montacargas, el otro dentro del camión agitando las manos. A la altura,  entró en la cabina donde se clavaban todos los pedidos en el corcho. Uno bajo el título de SALIDAS, otro bajo ENTREGAS. La parcela posterior se enroscaba hacia la derecha, contra un muro de contención,  arrimada en la última esquina, había una cabaña prefabricada, con las ventanas cegadas.

— ¿Y esa cabaña?

El hombre rió profundamente. Y Nerea entregó la carpeta con los albaranes: —Es el cuarto secreto de Nes. No pongas esa cara. No sé lo que hace en ella, ni me interesa… Con los jefes hay que andar con pies de plomo.

Nerea intuía para qué necesitaba alguien un sitio secreto.

 

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