Murallas (Novela corta) 16/1

16.1

Noemí se rompió una mañana soleada de sábado, mientras paseaban juntas. El niño jugaba con el chupete lima prendido a la camiseta deportiva, regalo de Nes. En el tiempo que llevaba en la mueblería se habían acercado muchísimo, a pesar de que Noemí era muy reservada. A veces parecía que había callado muchas cosas durante mucho tiempo y Nerea se limitaba a escuchar. El niño requería su atención constantemente, por eso, al empezar a gemir, respiraba profundamente y contenía las lágrimas, para que el bebé no llorara también.

Noemí necesitaba confesar, y no le bastaba el párroco de su barrio ni su prima lejana monja clarisa.  Ese día sólo había trabajado unas tres horas para preparar un pedido y luego debía ir hasta el almacén, junto al polígono, ya que Nes tenía entrenamiento la tarde del sábado. La muchacha se presentó con el bebé y Nes le dijo que no saldría con ella si no tiraba a ese crío a la basura. Nerea le recriminó diciendo que se relajara y él se encerró en el despacho que casi siempre quedaba abierto.

 

Una mañana soleada es perfecta para una confesión.

Noemí se quejaba de que había sacrificado muchas cosas para encajar en la vida de Nes, que valoraba que hubiera aceptado al niño, que todo le iba aparentemente bien.  Quizás se equivocó.  Reconocía que, antes de nacer, decidió abandonar al padre del niño, por Nes,  hace unos tres años. Como si fuera la primera vez que lo escuchaba, habló de Yesca.  Un tipo simpático, buen tipo, detallista, pero que no podía confiar en él como padre, querían tener un hijo y lo tuvieron. Tener algo que te espolea las entrañas te cambia tu modo de ver las cosas. Noemí se calló. Las lágrimas cesaron  pero no la sonrojo de su cara. Se mordía las mejillas, se amarraba las manos al banco como si fuera a saltar desde un avión. Nerea comenzó a dar consejos generales, multiusos. Tomó carrerilla.

Noemí se levantó furiosa. No le importó empujar ligeramente el carrito y que el niño se asustara,  sólo fue un amago de sollozo. La serenidad personificada. Nerea la miró como una extraña, la primera vez que veía a ese cuerpo recortado por el sol. Noemí se quedó paralizada un instante, valoró con una mirada a Nerea y luego se arrodilló para coger algo de la pañalera. Desdobló un documento, presentándolo como una credencial, como una prueba en un juicio de asesinato. Era una denuncia, una denuncia de Ligia Martos Aranguren, abuela materna que la acusaba de vivir una vida nociva  que la incapacitaba para educar a un bebé con unas necesidades especiales. Nerea revisó el escrito y descubrió los antecedentes por allanamiento, escándalo, consumo de drogas… Desde lo catorce.

Noemí se mostró valiente, estaba preparada para cualquier consejo, ataque o desprecio por parte de Nerea. Mecía el carrito. Ésta se la devolvió. No podía nada más que balbucear y prometer que todo se arreglaría.

 

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