Murallas (Novela corta) – 15/1

15.1

Las farolas se acababan de encender, virando del rosa al amarillo. La figura contundente y grácil de Nerea, se deslizó hasta el centro de la explanada de adoquines blancos  y maceteros de cemento con mosaico en tonos marítimos, tan lejos del mar. Miguel se adelantó para recibirla, con una sonrisa, junto a la fuente en forma de flor de diente de león que también se acababa de iluminar. Tras dos besos, él se apropió del cabello entre sus manos, lo notaba ligero; luego sus manos tomaron el talle, arrinconando las costillas flotantes, y los músculos de ella se arquearon. Ella estiró su cintura elevando los hombros; Nerea se había cambiado el color de pelo ese mismo día, a un castaño dorado. Miguel veía como un buen augurio que lo hubiera hecho por él.

La cita con Miguel prometía mucho.

—Estaba cansada del rubio— Nerea golpeó con suavidad el pecho de Miguel, el cual llevaba el colgante en forma de espiral doble que le había regalado en la primera cita, ese mismo día en que se acostaron sin dudarlo, como si se hubieran conocido de toda la vida. Nunca le había pasado con nadie.

—Perdona por llegar tarde—. Había esperado una hora, ya vestida y maquillada, observando las agujas, para llegar moderadamente tarde.

—Después de la cita nos podemos tomar algo con mis amigos, que quieren conocerte.—Miguel se quejaba del tirón en el esternomascloideo, había hecho un turno doble soportando. —Una vez tuve una luxación, eso sí que era dolor.—Nerea se subió a un banco, y dejó el bolso. Dio la vuelta a Miguel y masajeó a lo largo del músculo. Una pequeña corriente le erizó la nuca. Las puntas de las uñas se encarnaban, leves, y las yemas ablandaban la carne endurecida.

—Lo haces muy bien.

—En mi casa soy la masajista oficial.— Era algo simple  con lo que podía ayudar a las personas que querían, especialmente los terribles dolores de la ciática de su padre, acostumbrado a adoptar posturas erradas en el taller de coches.

En medio del vestíbulo del centro comercial, máxima capacidad del sábado vespertino: las parejas que iban a pasar la tarde,  jóvenes o jubilados; los grupos de chavales, las amigas que tomaban un café. Los niños que acababan de salir de la primera sesión de cine, inundaron el atrio. Nerea hablaba con los brazos cruzados sobre su bolso, Miguel protegía su perímetro como el brazo derecho. Iban a coger el ascensor cristalino a la última planta, un restaurante de decoración tirolesa que al chico le encantaba por su variedad en carnes y postres caseros hechos con recetas tradicionales. A ella le había bastado una hamburguesa o una tapa de queso, pero hoy no le tocaba escoger. Miguel contaba emocionado cómo, él que no era un aficionado, se divirtió con un compañero de trabajo que le invitó a un concierto de rock alternativo. Nerea seguía con los brazos cruzados pero su sonrisa dulcificaba su efigie. A veces ella miraba hacia abajo, alegre de despegarse del suelo. Miguel observaba su perfil, los labios finos en forma de gaviota, con el pequeño fruncido en la comisura. Le parecía la mujer más guapa que había visto en la vida.

YA sentados, decidieron pedir una tabla de carnes variadas, dos batidos de mango y una ensalada verde. Nerea sacó la cartera pero Miguel dijo que en esa ocasión él invitaba. Miguel se levantó a hacer el pedido y pagar en caja. Sin duda podía tener lo que le interesaba como hombre, le quedaban bien los vaqueros, se tomaba en serio cualquier frase mínimamente inteligente.

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