Murallas (Novela corta) – 14

 

14

Justo antes de cerrar, un hombre de chaqueta de motero se interesó por la escribanía de caoba inspirada por el modelo del camarote de un buque inglés.

Nerea recogió sola los folletos. La relación con su jefe funcionaba,  aunque fuera con sus pequeños contratos por horas, puede que tuviera un futuro vendiendo muebles. Encima le alababa su buen gusto para la decoración, así se ahorraba contratar a un profesional. Nerea planteaba comprarse un vaquero entallado que había visto rebajado, pensó en lo que ella había sido, cuando se compraba ropa todas las semanas…

En la Feria de Muestras Nerea descubre mucho sobre Nes

Habían llegado a las ocho tras tres horas de viaje. Nes era mucho más hablador conduciendo que en subida normal. Las carreteras tiraban de él, como si un juez le metiera el brazo hasta el cerebro y estirase la cadena de neuronas. Mientras estaba callado conservaba cierto atractivo, parecía mesurado e incluso inteligente, pero comentando cada rasgo de la vida social que le rodeada, se convirtió en un guerrero pretencioso. Ya le había cogido el truco y sabía que era mejor dejarle hablar.

Nes la había buscado a las cinco de la mañana. Un biplaza coral con cuadro de mando incrustado en nogal. Mientras amanecía, las ojeras de Nes se alargaban, se oscurecían. Pararon a tomar un café con leche, con azúcar, sin nada más. Nerea aceptó un solo cigarrillo. Relajados, Nes le prometió darle otro más tarde cuando regresaran.

Al sentirse libre, derivó hacia el desastre.  La seguridad, una palabra que repetía continuamente, la mano dura, el control. Conducía, bebía un asqueroso refresco de cereza y los ojos se llenaban de un brillo malévolo. Al decir: “Cuando lleguemos habrá que limpiarlo todo. Son unos guarros”. Paró de hablar en seco y no le dirigió más la palabra.

Los operarios de la mueblería habían montado el stand el día anterior.  Nes decidió recolocar algunos muebles.        Nerea se cambió de zapatos en uno de los aseos y rectificó su maquillaje.  Se colocó la placa identificativa. Hasta la hora de comer, Nes hizo varias visitas de médico con la frase al vuelo: “¿Qué tal va?” Lo único que cambiaba era la bebida en su mano: refresco, cerveza, cerveza, vino, refresco…

Durante toda la jornada, especialmente de seis a nueve, la aglomeración de público hacía que se estorbaran al caminar por culpa de observar la pantalla de los móviles. Nerea  sólo había podido cambiar de posición a la hora de comer, media hora: un perrito con aguacate e hidromiel.  Pero en el periplo de su expositor a la cantina se convirtió en  una experta en marcos de ventanas de cobre, estores de cerámica japonesa o domótica aplicada a la regeneración de residuos. Nes estaba desaparecido desde entonces.

Idalia y Pascual le había hecho un retrato de Nes idílico. Sin embargo, ese viaje había confirmado sus sospechas. Sus salidas y entradas en la mueblería, llamadas extrañas, susurros… Ya  había salido con él y Noemí. Fumaba demasiado. Le parecía admirable que estuviera con ella, a pesar de la enfermedad del crío. Sonsoles, Dimas y todos los demás parecían vivir en un mundo paralelo, tenían sus faenas y no podía contar con ellos, por lo menos no lo sentía así.

Nes había sugerido para a cenar en un restaurante de carretera y ella había dicho que no.  Era  casi la una cuando salieron de la exposición. Ni lo había pensado, fue algo instintivo. Incluso a Nes le pareció demasiado brusco y se desternilló. Tan exagerado que supo que se había fumado otro porro. Su jefe, el verdadero jefe, le había desgranado su enfado con el hijo, no le gustaba cómo usaba su tiempo libre y como afectaba a la empresa. Y sorprendentemente, no le gustaba Noemí. Era difícil compartir esa idea. Era un empresario sesudo, tradicional, y cuando se enfadaba dejaba claro que se culpaba de haber dado demasiados caprichos a Nes.

Sólo tenía que ocuparse de los folletos y otro material de información, los operarios aparecieron como magia para desmontarlo todo y cargar los muebles. Nes apareció a la hora justa, el miedo a que estuviera achispado no era tal, parecía sereno. Había tomado algo  con unos amigos del ramo. Nerea volvió a negarse a cenar. Durante veinte minutos repasaron  las peticiones.

Nes era encantador. Cuerpo de futbolista. Incluso podía ser amable. Pero el viaje de vuelta se presentaba extraño. Algo se había roto, se había confirmado algo que aparecía en su mente. Nerea se mantuvo alerta a pesar de su sueño.

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