Murallas (Novela corta) – 13

13 (III)

 

Asqueada por la vida y el recorte de pensión, la viuda se recluyó en las buhardillas de la larga circunvalación, en un piso 25 de los bloques de viviendas. Yesca pasaba más tiempo fuera que dentro, lanzándose por los terraplenes con carritos de la compra, serigrafiando las paredes con su nombre, una marca registrada; dándole palizas a los que maltrataban a las viejas que se arrastran los tatatacas y manejan las sillas eléctricas.

Escuela cuatro, revisaba las caras dejando claro que no iba a dejarse dominar por las estupideces vanas. No lo sabía, pero ya había decidido que ningún ser humano le podía enseñar nada. Ningún barrio de la ciudad era su barrio, por eso era toda suya. Cada acera, cada farola, cada aparcamiento. Había  niños que querían cagar más arriba del culo y sabía que eran su primer objetivo. Durante el recreo,  en su guardia de paseo, saltó una bronca monumental entre una giganta y una chica de zarcillos verdes. Doncella sin apuros. Se produce un quite, un redoble, primero de susurros, luego de voces. La mole cae por  un derechazo pulcro  y se rompe los dientes. Así se encuentra el amor sin esperarlo.

Tenían sus citas en el puente de los suicidas, con la mampara arañada por los motes. Él le pidió el aerosol y puso “NO-emi-ON” en mayúsculas y versales, como las que tenía su padre en el cajetín de titulares. Era algo torpe en escuchar, nunca había tenido paciencia para que las otras le explicaran sus sueños. Él quería ser futbolista, ella modelo. Ambos tenían un plan B: conductor de ambulancias o esteticién.

Yesca y Chispa rompían la valla, Yesca y Chispa borraban la marca, Yesca y Chispa aterrorizan a los estudiantes pulcros que huían.  Yesca y Chispa no tomaban mierda, les bastaba con su porro y un chorro de cerveza; planeaban por las arenas, tanto de madrugada como de sobremesa, se besaban en  las altas azoteas y en las estaciones de metros desiertas; Chispa le enseñaba ciencias, Yesca poesías. Era normal que el envidioso azar les traicionara.

Casi al final de curso,  Yesca entró en la cárcel por superar el mínimo de maría para consumo personal. La madre no soportaba sus derrotas y se olvidó para acogerle.  Comprendió la vida ostentosa en los soportales.  Acabó en la cama de Chispa, escondiéndose de los padres. Pero se pronto todo volvió a su cauce.

Terminó cogiendo hojas para el ayuntamiento, y descubrió la belleza matemática de los parterres, le encantaba el rocío de la mañana y comparar las caras con las sombras de los macizos. Encontró placer en fumarse las entretiempos, hacer volar las hojas con el soplador, en movimiento radial, las corrientes que se enroscaban en los árboles secos, las corrientes que abrazaban los árboles vivos, los pasos en las travesías cortados por la tela de arañas, donde los diarios toman atajos y los nocturnos se escondían en las marañas.

Celebraron el aniversario de harina entre las cenizas de la hoguera, en una noche con luna, en las afueras, cerca del polígono industrial. Con el grupo de amigos, enemigos, desatinos, conocidos, aparecidos… Allí estuvieron hasta las doce, como el cuento de hadas que es su puta vida, fumando todo  lo que tenían, disfrutando de la vida, sabiendo que no había nada más.

 

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