Murallas (Novela corta) 12/2

12.2

Dimas se merecía unos minutos de su tiempo. Y ese era un momento tan bueno como cualquier otro. La voz de Dimas le tranquilizaba.

—Yo era muy amigo de esa señora, la señora Marina, era de esas mujeres que a pesar de ser mayores conservan, no sé, como una belleza, y eso que tenía los ojos ya muy hundidos.  Un día la directora me llamó a su despacho, una encerrona, y allí estaba con los hijos de la señora, que por desgracia, yo conocía muy bien.

Siempre es mejor una copa de buen vino para sobrellevar la noche.

Pascual había descendió y se sentó al lado de Idalia, ambos mirando hacia el escenario.  Ella le dio un golpecito en el pecho, y él movió la cabeza.  Ella comenzó a reír, abriendo toda la boca, enseñando los colmillos, y luego, él le imitó. Al final, ella le amparó la espalda y le dio un beso en la mejilla. Pascual se limitó a mirarla bajando un poco la intensidad de la risa.

—Sabía que eran amistades suyas y por eso aguanté el chaparrón, porque no están las cosas como para dejar un trabajo. Pero entonces, sólo para hacerse la lista, intentó despreciarme como trabajador y allí no pude más. Le dije: yo no tengo la culpa de que no la visiten tan a menudo y hable conmigo. Esa fue la sentencia final.

No le había hecho mucho caso antes, al contar lo que le dolía que Guillén mostrara en público que había rehecho su vida con una chica más alta, más rubia, pero no más guapa que ella.  Pero un trabajo es un trabajo.

—Deberías verla. Lleva la residencia como si fuera una empresa cualquiera, como una ganadería, no le importaría tener una empresa de pateras si fuera legal… ¡Nerea!

—Oye Dimas, sé bueno y tráeme otra copa.

Su amigo tomó la copa vacía para acercarse a la estación de bebidas.

En un segundo donde Nerea tenía en su mente la imagen de una botella gigante y rota sobre la cabeza de su exnovio, otra voz le sacó de su ensimismamiento:

—Nerea, ¿hola? —Noemí se había quitado las vetas azules y se había teñido el pelo de caoba. Estaba igual de guapa. —Aquí te traigo a Nes.

Sin duda parecía mucho más alto visto desde la barrera, sólo le llevaba media cabeza a Noemí. Los párpados caídos y el rictus en las comisuras no le parecían demasiado amigables. Nes le explicó que necesitaban a una chica con buena presencia para ir a dos ferias, y a lo mejor, hace sustituciones. Y que al verla, no le parecía mal. Nerea supo que había medido cada protuberancia de su cuerpo y que le había dado visto bueno.

—La última palabra la tiene mi padre, pásate por la mueblería a eso de las once, este martes.—Se notaba que había sido obligado por Noemí, porque buscó su aprobación mientras resoplaba.

Dimas llegó con la copa y Nes aprovechó para apuntar que le esperaban sus compañeros. Noemí se marchó extrañamente feliz, como si Nerea accediera a regalarle algo.

Dimas se quedó callado, intuyendo por los años vividos,  que no era el momento en que Nerea estaba más comunicativa. Él quería descubrirle muchas cosas, contarle historias que le calmarían, quería ofrecerse para que ella fuera más feliz. Idalia y Pascual bailaban un pasodoble y Nerea sentía envidia.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Relato recomendado y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s