Murallas (Novela corta) 12/1

12.1

La cancha de entrenamiento había sido cubierta con una jaima que protegía al público tras el buffet protocolario de la nueva directiva, o más bien, de la cuadrilla de personalidades elegidas  por el nuevo director y dueño del equipo. Había contratado a un servicio de cáterin, cocina fusión caribeña-ucraniana, propiedad de un empresario de toda su confianza… Nerea se centraba en comer y beber todo lo que aguantara sus pantalones vaqueros; paseando como un francotirador, dando vueltas al identificador naranja de su copa, naranja como el fondo del renovado escudo del equipo.

—Se nota que tu padre no lo está pasando bien, pero aguanta como un campeón.

Los identificadores de copas

Pascual intentaba buscar el equilibrio en la plaza que le habían asignado en la tarima.  Su puesto era casi testimonial en el nuevo organigrama, pero Nerea sabía que su padre, tenaz y concienzudo como cuando cambiaba la conexión eléctrica de un motor o arreglaba a golpes  el bollo de un morro, realizaría su labor de la mejor manera posible.

—Ahí va Pascual. – Dimas lo remarcó marcando su mentón con los dedos índice y pulgar.

El director lo presentó,  Pascual dio tres pasos, tomó el micrófono, dio su discurso de agradecimiento  de una frase y volvió a la formación. Idalia estaba extasiada, llena de un orgullo radiante, dando culadas en su silla;  Nerea se sorprendió tanto que por un instante detuvo las revoluciones de su etiqueta. Señaló para dirigir la mirada de Dimas…

—Dios, ¿te has dado cuenta de lo feliz que está tu madre? No los veía tan contentos desde que pasaba horas en tu casa, por el instituto.

Comprendió que nunca había entendido por qué sus padres estaban juntos hasta ese momento. Era cierto cuando su madre le decía que no se enteraba nunca de nada.

El director desgranó toda la nueva directiva, hizo pasar los jugadores y al entrenador. Tres de ellos también eran entrenadores de las categorías inferiores. Nerea reconoció a Nes, con un traje gris perfecto, que se mantenía como el entrenador de alevines y benjamines. Según el director, era un activo esencial y los niños lo adoraban.

—Es una pena que Sonsoles tuviera que trabajar. Ella se lo pierde. Eso le pasa por ser autónoma. Yo prefiero cobrar mi sueldo, aguantar al jefe y luego irme.

La presentación terminó. Ahora el escenario empezó a ser ocupado por una orquesta de tres músicos que empezó a enchufar los altavoces. A la copa de Nerea le faltaba sólo un trago

—¿Quieres creer que me ha llegado el finiquito por fin a mi cuenta? Le tuve que ir a amenazar con denunciarla, si no, nunca me lo daría.

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