Murallas (Novela corta): 11/3

11.3

El bebé apenas dio muestras de vida durante los cuarenta minutos siguientes. Noemí se mostró reservada pero le comentó un montón de chismes sobre los abusos de la antigua dirección. A pesar de ser un equipo flojo, cobraron comisiones y todo eso. Sí,  su novio, Nes, era un buen centrocampista y entrenador de los alevines de la entidad. No estaba muy fino en los  últimos años. Quizá ya era mayor para el fútbol. Noemí le encantó su pequeña maldad. Le recomendó un disco electro pop de un grupo con el mismo nombre de un pintor muerto, de por Francia o algo así.  Nerea sólo oía radiofórmulas y los discos de copla de sus padres. Internet le volvía loca y no usaba las redes sociales demasiado.  Sus problemas los resolvía cara a cara. Nerea presumió de su madre que se había convertido en un hacha tras hacer un curso para personas mayores. Uno de sus pocos méritos para no desfallecer ante el ímpetu de Noemí.

La sonrisa petrificada del niño.

Terminaron hablando del futuro del equipo. Noemí parecía también esperanzada con su futuro con Nes.  Noemí estrelló el cigarrillo en el cenicero y su expresión se endureció. Cambiaron de tema y surgió el instituto. Las dos habían ido al de su barrio, aunque Nerea tres cursos por delante. Era un colegio enorme así que no se recordaban. Atando cabos, Noemí le confesó que la recordaba de una fiesta de fin de curso,  Nerea presentó un desfile de modelos.  Nerea terminó el instituto, Noemí no, se puso a trabajar limpiando una peluquería. Dejándose llevar por las palabras, liberando las volutas que lo apresaban.  Vivió con un chico, Gabino, menos de un año, un tipo cariñoso pero inestable. Casi como en un sueño, tuvieron un  hijo.

Nerea quería saber más, quería saber porqué Yesca terminó lanzándose de la muralla, la muralla sudoeste del centro histórico. No se atrevió a llamarlo así. Ese nombre de la prensa había sustituido al de pila. Un chico muerto en el suelo, cubierto de rocío, no puede llamarse Yesca, es una contradicción.

Pero Noemí cambió de tema y le preguntó por su vida. Nerea sólo pudo acertar que necesitaba un trabajo. No habló demasiado de los cinco años de vida en pareja y su descalabro. Serena y con mejor humor, Noemí sabía que Nes buscaba una chica para ayudarle en la mueblería. Empezar con unos viajes a ferias dentro de unas semanas y quizás algunas horas en la tienda.

— ¿Te interesa? —Nerea asintió— Te lo presento en la fiesta de presentación de la nueva directiva. Y de la nueva plantilla y entrenadores, claro.

La sintonía de su serie de televisión favorita resonó en el teléfono de Nerea. Quiliano le llamaba, con disgusto porque la madre de los niños había vuelto a descolocar la cabeza. Se enteró por él mismo que los críos estaban sin supervisión paterna, desamparados en el centro comercial, y amenazó, como era habitual, con una nueva denuncia.

—¿De qué te ríes, Nerea?

—Absolutamente de nada… Tengo que irme.  Espero verte en la fiesta.

Noemí aprovechó que Nerea se levantaba para hacerlo ella y coger a su bebé. Lo sentó en su regazo, aunque no parecía que mantenía bien derecho para su edad. La mesa quedaba con el líquido viscoso residual en sus copas.  Noemí  invitó a los sobrinos para que le dieran un beso a su hijo y tomó su mano para que se despidiera. Nerea cogió también a sus sobrinos. Mientras ella misma se despedía, se percató de que el niño no había dejado de sonreír cada vez que le había mirado. El bebé le observaba, persistente. Una sonrisa amplia, preciosa, fija.

 

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