Murallas (Novela corta): 11/2

11- 2

En la explanada frente a la puerta oeste, los deja corretear por los macizos de flores; ella atravesaba la pérgola y los niños ya habían llegado a la fuente, que imitaba una gran  inflorescencia diente de león.  Era el último momento de la mañana, había otros muchos críos en el parque infantil. Pero sus sobrinos, tras unas miradas de curiosidad, pasaron de largo y se adelantaron hasta la entrada del centro comercial.  Nerea parecía enfadada cuando comenzó a perseguirles, corrían de un lado a otro creando tirabuzones, driblando las piernas de los compradores. En realidad,  intentaba recoger la energía que perdían,  seguía sus estelas en medio del claroscuro del tumulto. El pequeño se quedó embobado, resoplando, ante la primera juguetería. Al tenerlo retenido, el mayor se rindió.

Los sobrinos de Nerea corrían por el centro comercial

“Vamos a tomar un helado”, quería tomar un helado como ellos: tres sabores, sirope, galletas, tropezones dulces, almíbar, chispas de chocolate… No podía haber superado la decepción de su cita del sábado con el experto senderista sin este acopio de calorías. Su diatriba contra la política medioambiental de protección de la naturaleza le hizo odiar todo lo divino y lo humano.

Se acercaron a una heladería, una de tantas donde había dejado su curriculum hace unas cuantas semanas. El dueño prefería a una universitaria cañón antes que a ella.  Era comprensible. Nerea quería sentarse frente a una de las pantallas, veía que retransmitían un programa deportivo. Había recuperado su interés por el fútbol, muy distinto al aburrimiento del golf, Guillén prefería el golf.

Los sobrinos se quedaron ensimismados enfrente a un carrito de bebé. El sobrino pequeño, el más niñero, se había encaramado en la bandeja para alargar la mano y acariciar al bebé. El grande se colgaba en el borde, con algo de miedo a meter la mano en el capacho. La madre del crío les hablaba. Era una de las novias del partido. La de hermoso cabello ondulado y vetas aguamarina.  Bajo la luz fluorescente, era mucho más encantadora.

—Perdona, son mis sobrinos.

—Muy guapos. Creo que te veo ahora mucho por el campo.

—Sí, mi padre forma parte de la nueva junta.

Lo sé, era uno de los mecánicos del nuevo dueño. Te conozco. Nes me dijo que te vendía muy bien.—Lo había dejado claro, la tenía fichada.— Por si no lo sabes, me llamo Noemí.

—No, no… Yo soy  Nerea.

—Me gusta. –Noemí poseía un halo atractivo, una bruma difusa que no la provocaba sólo las volutas de humo. Un aura de santidad o de todo lo contrario. Tomó otra bocanada  y la expulsó por su nariz. – Entonces, chicos, ¿venís a tomar un helado?

Los niños se aglomeraron alrededor de su tía, gritaron a Nerea: “¡Helado!”.

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