Murallas (Novela corta): 11/1

MURALLATITULO

11.1

Ella se abrazaba las piernas sin  quitar ojo de una mujer que cubría con  chocolate belga  una tarta Sacher rellena de mermelada de fresa. Antes había visto a un pescador atrapar un pez gato del río Mekong de casi dos metros y medio. Después, de que un acaparador de muebles que ganara una millonada con su confesionario transformado en vitrina.

Nerea estiró el pijama arrugado, de globos;  el cabello encopetado con una cinta de raso y bostezando para recuperar la conexión con la pantalla. El timbre advirtió la  estampida que de repente invadió el salón. Dos fierecillas de diez y ocho años la asaltaron desde la espalda del sillón, sin darle oportunidad de defensa.

Nerea se sentía encerrada en la televisión.

Nerea se sentía encerrada en la televisión.

Quili la saludó desde el pasillo, pero no le hizo mucho caso, porque  se batía con los niños entre una maraña de brazos y piernas. Sin verlo, ya  se podía mascar la tragedia de la cocina.

El mayor era más trasto pero un bobalicón: el pequeño más reservado pero con astucia; sin duda los mayores logros de un matrimonio mezquino. Durante una hora larga, los chicos les comentaron los últimos cotilleos de sus amigos y sus profesores, sus avances con los nuevos videojuegos o sus récords de natación. A veces se colaba la  conversación de la cocina, en su versión tensa. Como en otras ocasiones, los niños se cansaron de repente de jugar con su tía y Nerea les colocó el canal de dibujos. Se dirigió a la cocina, sabiendo que no le iba a gustar lo que iba a escuchar y ver.

Los tres estaban de piel, y Pascual señalaba con un dedo a Quili que se hacía fuerte en el hueco de la nevera. Nerea se acercó y se besaron.

—Tienes demasiadas tragaderas…  Nerea, ¿quieres creer que le ha puesto otra demanda? Es una infame.

Era la historia de nunca acabar. El juzgado atesoraba en apartado especial las continuas demandas de su excuñada. Era casi la séptima desde el divorcio. Lo más desquiciante venía cuando su hermano se limitaba a aceptarlas sin hacer nada. Nerea apartó a su hermano  para poder abrir la puerta de la nevera y  coger el envase de zumo de uva y arándanos. Aclaró un vaso del fregadero y se sentó para desayunar por fin.

Ya había aprendido a no intervenir, porque Quili siempre acababa por defender  su elección de esposa y esa discusión no llevaba a ninguna otra parte. Cansada de oír, le dijo a Quili que qué tal si se llevaba a los niños a dar un paseo.

Se duchó, se pasó el secador y se puso sus pantalones elásticos y un moño alto en forma de pompón deshilachado.  Era uno de los fines de semanas alternos que le concedía el juez a su hermano.  Y era la única ocasión de ver a los abuelos y a su tía. Era su tía favorita, mucho más que Silvia o los hermanos de la exmujer. Uno de los grandes honores de su vida.

Con mucha alegría tomó la mano a sus dos sobrinos. Se presentó ante la puerta de la cocina, y Quili echó mano a su cartera. Idalia se adelantó. Quería que le trajera una bombilla y chocolate al ron. El mar ya estaba en calma. Todos sentados tomando un café. Quili repasaba los clientes, el número de llaves cortadas, las emergencias para descerrajar puertas.

Paseando por la calle, flanqueada por los dos chicos, de sus manos,  todo lo demás le parecía estúpido.  Esas dos semanas en que sus amigos  no tenían tiempo, en  las continuas muestras de Guillén en las redes sociales demostrando que había rehecho su vida le habían arrasado el estómago. El martilleo de infelicidad, aumentado por los telediarios,  lo intentaba mitigar con los vídeos de gatitos  y los juegos en línea. Y surtía efecto, apenas.

MURALLA contraportada

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