Murallas (Novela corta) – 10

MURALLATITULO

10

Los mercadillos era la debilidad de Sonsoles y el de los Tercios de los jueves, clave de cualquiera que quisiera encontrar algo original. De adolescentes quizás compartían el mismo interés, pero tener una casa llega de colores y objetos absurdos no era el ideal al que aspiraba Nerea. Había logrado desprenderse de todos, menos de su colección.

Sonsoles organizó todo para que coincidiera con las cinco de la tarde, donde empezaría sus clases de  inglés comercial. Durante una temporada de dos años vivió en Glasgow. Justo cuando conoció a Guillén. Sonsoles era absorbente por aquel entonces, le llamaba a menudo y se preocupaba por ella demasiado. Ahora era lo contrario, compartía el piso con su marido y seguro que cualquier día le contaría su embarazo.

 

 

Sonsoles se probó unos pendientes de latón con falsos lapislázulis. No le quedaban bien.  Se  quedó prendada de un picaporte de hierro, con acabado de acanto, con un pocillo estañado. Se le quedó mirando como a una bola de cristal.

Nerea había trabajado el fin de semana de fiestas, dos largas jornadas de quince horas cada una.   Sonsoles no había tenido tiempo y  le sacó las incidencias: muy bien con los tres compañeros de chiringuito, muchos mojitos, muchos jugadores con sus novias y sin ellas, unos cuantos teléfonos anotados, algunos parecían majos. Incluso alguno ya le había llamada y ella se hizo  la dura. Presenció varias  peleas. Uno de los jugadores, se lo llevaron con su novia llorando; otro se pasó con una chica que le lanzó su bebido y un tercero se fue con los amigotes dejando a su novia enfadada., con los ojos guarados pero no lloró. Incluso se atrevió a decir que llorar por alguien tan blando no vale nada. Era la chica de las mechas azules. Me comentó que tenía un hijo. Se verían por allí. Nada de Silvia, atrapada en Madrid; nada de Quili, enfadado como una mona una vez más con su exmujer.

Sonsoles se llevó algo que no le pesara en el bolsillo: una cajita de frappé con incrustaciones de carey, según el vendedor. Le sorprendió que quisiese comer en un mejicano. Había una serpiente con plumas en su portada, lo que le pareció una  rareza.

Se relajaron, ya con la comida en la mesa. Abrieron el saco de las  anécdotas: cuando se metieron en el antiguo matadero al anochecer y les salió unos tipos gangosos que parecían anormales; el viaje secreto a la capital para un concierto; las cogorzas en las inocentes excursiones de verano e incluso el mal trago en la garita del centro comercial al robar unas medias pantis.

Sonsoles se interesó por su posición económica, no quería que le tuviera pena y  la tranquilizó. No se lo había gastado todo, casi todo, pero no todo.

 Respecto a Guillén, le mostró la foto de perfil con una nueva chica en una playa. Bebieron y Nerea le echó en cara su buena suerte...

—No quiero beber más  no quiero que mis alumnos piensen que voy a dar clase  borracha.

Traspasaron el puente para que Sonsoles tomara la gran avenida, a cinco manzanas adelante. Nerea se imaginó el futuro de su amiga y lo veía brillante. Se imaginó el suyo y le dio algo de lástima.  Desandó el camino para llegar a la parada del 26. En la orilla siguiente, en la plazuela donde el primer circunnavegador del mundo miraba desde lo alto, vio los mensajes. Un aviso en que el contrato vencería en una semana. Además, la lista de cuatro o cinco mensajes del mismo chico. Contestó: ¿Quedamos para un café o lo quieras?

MURALLA contraportada

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