Murallas (Novela corta) – 9(II)

MURALLATITULO

9(II)

Gabino ya era Yesca, y tenía trece.

Se había apuntado a clases de carpintería, repetía la herencia sin constancia, los libros quedaban atrás. La madera, con sus infinitas posibilidades, llenas de promesas… No lograba enderezar los listones, encajar el machihembrado y consolidar las juntas. No había que construir muebles bar con zona de descanso, ni tocadores estilo castellano. La herencia de su padre no iba a ser esa, sino un aureola santa, un regalo más pesado que una corona.  La carga, le hizo ceder, y lanzó la sierra contra el cristal.

EL chispazo que cortó la mano.

EL chispazo que cortó la mano.

Se envolvía en el humo,  una extensión de sí mismo, su espíritu volador, orgulloso de viciarse, que le ocultaba el vasto abismo del futuro indistinto. Yesca. No valía para el civismo, ni para encontrar los  eufemismos obligatorios para una vida con dicha y riqueza.

A nadie le importaba sus sueños, se encontraba solo en el barrio, echando palante, buscando la belleza en la pelea, siendo el caballero de damas sin suerte y marcando caras que merecen los golpes que reciben. Sólo trece y ya era  la chispa, el héroe luchador de las causas sin producto, un loco que bebía de la luz de las farolas y de las latas de cerveza de veinte céntimos que explotaba.  Se metía en los corrillos donde no le llamaban, defendía a quien se encontraba en su camino, les hacía pagar los insultos, los jaleos y otros defectos de ser adulto.

Se arrastraba por el pasillo de la Escuela Cuatro, escaneando las caras llenas de acné y pecas, con dudas y afrentas;  incomprensión manifiesta a sus pintas de ropa colgante, como si una fiera rasgara su piel multicolor dejando ver la negra. Sólo destacaba en química, odiaba la historia por repetitiva, la inerte música y cómo ataban su lengua con la normativa.

Difícil volver a casa, vacía, desolada por los trabajos de hora fría. Su madre, por horas,  ayudante de cocina o limpiadora de empresa. Ligia arañaba las paredes, apastillada, dejando que el chico saliera y entrara, sin medida. Sólo coincidían para contar historias viejas de un oasis  donde una  pareja joven que comenzaba una vida y se quedó en sueño.

Un noche, en un robo, madrugada con niebla opaca y luz de luna filtrada, en una tienda de electrodomésticos de alta gama, el coche se caló. LA alarma delataba a grandes gritos, y todos salieron por la luna rota, con los brazos ocupados, menos Yesca. Mientras sonaba la alarma, todos huían  pero él se quedó parado delante de la fachada. Sacó el encendedor.

Se permitía llorar una vez, a la quincena, en el regato apartado, aplastado por la autopista. También en un edificio abandonado, en el sitio más sombrío, encendía una hoguera, con él un cigarrillo, y destruía lo podrido que nacía en él. Ahorcar lo  caduco, arrancar lo deshonesto, lo impúdico.

MURALLA contraportada

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Relato recomendado y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s