Muralllas (Novela corta) – 7/1

MURALLATITULO

7.1

El fútbol  de fin de semana era una costumbre familiar desde los tiempos en que aún existía el campo del barrio. Solían ser tardes donde su madre llevaba una tortilla, cuando aún lo permitían y veía como la noche iba cayendo mientras se desarrollaba el partido. Al menos, era así hasta que se llevaran el campo de juego junto al nuevo polígono. Trasvasar el estadio terminó por arrancar a Nerea su pasión por el fútbol. Veía algún partido importante en televisión, para no sentirse desplazada, pero no compartía la pasión de Dimas o Sonsoles.

Se había vuelto muy perezosa desde que no había encontrado trabajo rápidamente. Ni siquiera con su falda de la suerte conseguía más que contratos por horas y sentía que su atractivo habitual se había consumido. Se lo echaba en casa a los cuatro kilos que había engordado y a que no podía permitirse los potingues de antes.

Las gradas se estaban llenando.

Las gradas se estaban llenando.

Su madre le pilló adormecida delante del ordenador. Era día de partido y llegar hasta el polígono no era el plan que había diseñando para el sábado. Pero nadie había contado con ella. Era el segundo fin de semana que se quedaba chateando con gente extraña, todos quejándose de la fatalidad de la vida.

Así que  se dio una ducha y se maqueó lo mejor que pudo. Su padre le esperaba planchado y feliz, para ejercer de ejecutivo de la junta directiva. Intentó darle dinero, pero Nerea no lo aceptó, era muy orgullosa con ese tema. Le dio un beso a su madre y bajaron al garaje que era tan estrecho que los trastos tapiaban las puertas.

Pascual era suplente de joven, pero no pasó de jugar hasta los dieciséis, sus condiciones físicas le fallaron. Nerea todavía recordaba los partidos de solteros y casados en sus lejanos seis años. Su padre tenía una barriguilla, un vientre abombado y se permitía aún mostrar las canillas.  Sin duda el fútbol lo hacía más que feliz que nada. Suponía que su mujer y sus hijos iban antes, aunque no lo podía asegurar.

Nerea dejó el coche montado sobre la acera, con un  gesto de “Para” tranquilizo la mirada de su padre. Delante del cajero, y tras el número secreto, vio la verdad: le quedaba doscientos cincuenta y dos. Sacó de su cuenta ciento veinte. Mientras se realizaba su operación, Nerea se trazó un futuro como indigente en el propicio cajero  y se rió de esa imagen a recibir el dinero.

Cuando se sale de la propia ciudad y se entra en la circunvalación, aparece como arte de magia el horizonte de colinas atravesado por la autovía. Ahora era la línea brillante, perpendicular al sol. Una luz que revelaba  la central eléctrica, las naves, las fábricas  y el complejo de dos    campos de fútbol. Había un área recreativa que Nerea recordaba cuando era sólo un río, un bosquecillo y una loma. La autovía lo había estropeado todo, era el culpable de que todo se convirtiera en polígono.

Faltaba media hora para el partido y las personas fluían. Pascual se plantó estirando su chaqueta y el portero le llamó “señor” en tono de guasa y les dejó pasar sin presentar entrada.

LA directiva entrarte tenía una reunión personal y Nerea quedó sola, subiendo las gradas, en el mismo sitio (campo derecho, zona intermedia, junto a pasillo) donde se colocó por última vez a los seis años. No fue premeditado. Mamá en el borde del pasillo, Quili, Nerea, Silvia y papá. Guillén se sentaba tres filas más adelante, era algo mayor y claro, todavía era alevín en el equipo. Lo conocía desde hace tanto tiempo…

Se sacudió la cabeza. Dos parejitas de adolescentes que tramaban algo entre ellos,  sus espaldas que se curvaban para reír y señalar. Un grupo de señores que hacían aspavientos y se quitaban la palabra dándose manotazos en los antebrazos. Varios padres jóvenes con niños. Y detrás del banquillo local, un grupo de chicas, entre veinte y treinta, en parejas o tríos, que se iban sentando, mirando sin cesar la puerta de vestuarios.

— ¿Eres Nerea, verdad?

MURALLA contraportada

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