Murallas (Novela corta) – 6

MURALLATITULO

6 (I)

 

Hijo único, de madre única, de un padre único que convertía madera rescatada de castaño en un diván; de peral, la mesa de marquetería turca; de la teca, una  cuna labrada; del roble, un ataúd…  Orgullosos de mancharse las manos, de destrozar la madera, de lanzar objetos cortantes contra la marea.

No quería esculpir un ángel custodio, ni encolar las patas de una silla,  ni recortar astillas. Quería recomponer los fragmentos perdidos de la dicha; por la mirilla, espiaba los pasos febriles. Se clavó la mano a la silla preferida de su padre a los ocho, porque sabía que el dolor no le era ajeno. Y lo celebraba arrojando gritos al cielo.

La sangre fluye desde la máquina.

La sangre fluye desde la máquina.

Era el Niño Jesús en Nochebuena, el Espíritu Santo en Pascua, aunque su pelo se oscurecía por momentos y acabó siendo Judas Tadeo. Fue un error acudir al colegio cristiano, no por Dios, que era un buen samaritano, sino por los horarios y el velo de pecados que se cernía inmisericordes. Instantáneo. Niño insufrible, embistiendo a los maestros con preguntas sin respuesta, sin paliativos. Recreo incapacitado.

La psicóloga testificaba que su aburrimiento brotaba de su inteligencia. Mal presagio para los biempensantes.  Oculto al margen, en el cuarto de accesorios. En la escuela dos, compartido con chicas, un salto cuantitativo que aprovechó sin pausa. Dio unos cuantos rodeos hasta llegar a la mujer perfecta. No se privó en probar suerte: la pelirroja del ojo amarillo, la de calcetines de pajarillos o la dentona de piel lechosa. No lo podía evitar, se salía del tiesto, se escapaba de los tabiques, traicionaba a los prescriptores.

En la escuela tres, le rompieron la cara el primer día y, por primera vez, fue fuerte para romper unas cuantas piernas. La pez negra que salía de sus ojos y que amedrentaba. De repente, se dio cuenta, que la voz no bastaba. Que el dolor conocido tenía una vertiente amarga, que asolaba y mataba.

Precognición.

A los doce… Una mano acabó seccionada, y no por su culpa. Una rueda sin fin, dentada, eterna en su desgarro, cercenó la muñeca de su padre. Según los hechos contados en secreto, el pie resbaló, el cuerpo de desestabilizó, el hombre buscó apoyo y lo encontró el filo… La hemorragia descargó la sangre carmesí por todo el taller: el fallo multiorgánico no tardó en presentarse y un ebanista desapareció, dejando al mundo solo. Quizás se habrá enquistado su sangre en las filigranas de las puertas  o el canto de las molduras.

Pocos días pasaron, acostumbrados, los ojos dejan de llorar en público y las madres aturdidas se buscan la vida como pueden. Los restos del carpintero quedaron amontonados  lejos en una hondonada del vertedero. Yesca encendió su primer fuego.

MURALLA contraportada

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