Murallas (Novela corta) – 5/2

MURALLATITULO

5.2

 

. YA con la llave brillante en la mano, tanteó varias veces la cerradura hasta que acertó y con mucha elegancia le dio la vuelta a la llave.

Suave. No quiero despertarles. No quiero dar explicaciones.

Se esperaba encontrar el pasillo en penumbra, sin embargo salía luz de la cocina, con la puerta abierta. No sabría quién estaría de pie a las cinco y media, trasteando en la caverna de los tesoros

¿Qué hace a estas horas?

. Se deslizó hacia dentro, rozando el paragüero. Ni siquiera se volvió, y con su espalda, tanteando y con suavidad, cerró empujando con la espalda. Resbaló por las paredes como un francotirador con la cara manchada, en su caso, congestionada.

Las estanterías siempre están ordenadas.

Las estanterías siempre están ordenadas.

Voy serena. Hay una luz que sale de la cocina. Ay, casi cae el paragüero.

Al llegar al umbral, exponiéndose por fin, vio a Idalia encaramada en un estrado, estirando su cuerpo para llegar al último estante del mueble de la es quina, el sanctasanctórum de su casa.

Fisgoneo, oculta junto a la puerta de la cocina.  Mi madre está subida en una silla,  vacía el cajón más alto, el de las medicinas. Tiene montones en la mesa. AH, para la parroquia.

En el momento en que se volvió pudo ver a su hija  estirada sus miembros, amparando la puerta. Intentó  no hacerle caso, echó un vistazo a la cajita color teja y la lanzó a la maesa. Luego se baja con dificultad, para colocarse ante las pilas. Observa las cajas y anota en una libreta cuadriculada con letra redonda.

 

Su madre estaba colocando en una gran pila todas las medicinas que guardaba desde sabe quién cuándo.  Botes de pastillas, tubos de crema medio enrollado, espráis, cajas, latas, rollos…

Me quedo muerta. No respiro. Mamá se vuelve y, aunque sé que está indignada, me ignora. Baja de la silla, se calla y me mira mustia.

—¿Quieres un analgésico? — Nerea no abandona su posición de guardiana del umbral—Deja de mirar como una boba, son para la recogida de medicinas. Tómate una pastilla con  un café y duerme de una vez.

Nerea sonrió, no estaría mal. Como madre que era, Idalia tomó una cajita plana de uno de los montones y extrajo una pastilla color hueso. Se la tendió. Nerea cambió de posición y al tomarla sus dedos rozaron los de su madre que, como un elástico, regresó  a sus anotaciones. Sabía que su madre iba a donar todas las medicinas que no necesitaban ya.

Lo olvidé. Iba a ayudarla pero ya pierdo bastante tiempo. Qué  borde. Había café. Un chute de café.

Idalia levantaba una caja, miraba la fecha de caducidad, y calculaba la cantidad que quedaba. Hacía una nota en la libreta y luego lo dividía en uno de los cuatro montones, imposible de saber cuál era el criterio de su madre. Le pareció una situación estúpida lo que le provocó un bostezo.

A las cinco. Era una buena idea. ¿Dónde está la taza azul con el gatito? Se me olvidó el azúcar. Le echo azúcar. Revuelvo el azúcar. Me bebo un sorbo.

MURALLA contraportada

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