Murallas (Novela corta) – 5/1

MURALLATITULO

5/1

 

Vaya con esos ingleses, esos niñatos que no dejan divertirse a los demás.  No saben beber.  Se arrastraban por las  paredes.  Una tipa sin bragas casi me mancha la blusa.

Más tarde nos tomamos unos gintonics, pero Sonsoles tenía que entregar unos papeles en el juzgado y tramitar las nuevas domiciliaciones bancarias de sus alumnos, para el curso que preparaba todos los años en Manchester.

Se aburrieron con una tríada de monologistas, llenos de lugares comunes y con una cantidad de chistes desaprovechados.

Aunque había uno de un viejo que perseguía a una jovencita por el parque…. o algo así.  No soy de monólogos. Yo quería cantar, pero esa noche no tocaba karaoke y me puse pesada con Dimas. Se atrevió a llamarme loca. “No se puede salir contigo.”

El ascensor se movía demasiado y le da vértigo

El ascensor se movía demasiado y le da vértigo

Dimas aparcó a las cuatro y tres cuartos. Habían hablado de lo aburrida que se había vuelto Sonsoles de repente. Él respiró hondo viendo a Nerea entrar en el portal. La quería sin duda.

Se había movido lentamente desde el portal, con el mismo miedo de despertar a los vecinos que a los dieciocho, evitando que miraran por la mirilla, aunque siempre habría un insomne que informaría de su mal estado al resto del vecindario.

Me reflejé en el cristal del vestíbulo.

Tanteando su ropa para comprobar que la tenía en su sitio. Se arregló el pelo y no se vio mal del todo. La cabeza aún le regía, pero sus  ojos estaban encendidos en rojo.

Frotados con un estropajo.

Se abrió el ascensor.

Subí en el ascensor. Voy como una zombi, pero una zombi feliz.   Una zombi de veintisiete años. Vuelvo a mi casa, no, a mi casa, no. No es mi casa.

Sale del ascensor y metió la mano en su chaqueta. Su llavero todavía contenía las viejas llaves de su apartamento con Guillén, la nueva, la que le había dado su padre destacaba de una manera molesta. La tenía desde hace sólo  una semana. Era la prueba viva de que todo le iba mal.

Estuvo bien conocer al chico de la dulcería, aunque fuera un poco soso. Si creía que se iba a tomar más de un copa conmigo, lo llevaba claro. No me pone nada.

Se detiene delante de la puerta como si alguien accionara y se decide a sacar el teléfono móvil y no las llaves.

Borro su número. Me haré la loca si lo vuelvo a ver. No creo. Le diré que no es mi tipo. No, no quiero ser una borde… Me duele más la cabeza de lo creía. Ese último chupito de vodka me mató.

MURALLA contraportada

 

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