Murallas (Novela corta) – 1/4

MURALLATITULO

Las rayas de sol se colaban por el sombrero de paja dando golpecitos en sus ojos abiertos. Nunca conseguía dormir en la playa, aunque hubiera estado hasta las tantas la noche anterior. El complejo  hotelero tenía discoteca,  un bar lounge y un chiringuito. En el suelo de arena,  las reverberaciones de un altavoz que emitía música hip-hop. Si el plan de Guillén era descansar, ese no era el sitio adecuado. Se había gastado gran parte de su sueldo para disfrutar una semanita en el Caribe. Tostarse todo lo posible y volver a España con la piel curtida, demostrar que no se coge mejor color que cuando se pone unos cuantos miles de kilómetros con la madrepatria.

Nerea había fantaseado con una isla paradisíaca, donde no hubiera ofertas dos por uno o regalos por la compra de una lata de conserva. Lo único que se acercaba a esa imagen, era la selva sofocante que comenzaba donde terminaba el hotel. La aparición de boas, tapires y otros animales como hormigas rojas, eran el contrapunto a la maravillosa playa privada y el mar azul. Un balonazo arrancó su sombrero.

Más que un golpe de sol fue un balonazo

Más que un golpe de sol fue un balonazo

Enfrentarse de esa manera tan repentina a la luz, le devolvió todo el mal humor que había acumulado. Alucinada, vio entre sombras nacaradas a una madre que huía con su niño pequeño, como de cinco años, y se hundía en un nimbo. Sin embargo, la madre no había recogido la pelota: era la clásica, dividida en gajos en los que se adornaban con personajes infantiles: una estrella de mar, una cerda cubista, una doctora mulata, etcétera, etcétera. Sus sobrinos le tenían bien informada sobre todo eso.

Guillén seguía dormitando. Nada turbaba la desconexión con el mundo de que era capaz. Siempre dormía. Alguna  madrugada habría podido jurar que estuvo a punto de morir. Él había escogido todo el viaje, era una sorpresa, así que dio su opinión en nada, era su dinero. “Vengo muy cansado”. Se tapó con la palma para encontrar sus gafas verdes, tipo aviador, y al ponérselas se sintió una fidedigna turista en el Caribe. Recogió sus piernas. Observó el mundo verde del agua, la arena y las palmeras. El bullicio de las familias, las parejas de viaje de novios, las otras parejas de cincuenta aniversario, los grupos de universitarios… Si toda esa gente desapareciera, la imagen de la costa sería limpia, como la de las fotos de la agencia de viajes. Guillén había señalado una, quizás hecha en el mismo complejo, o no. Había dicho: “Esto es lo que quiero”.

Guillén gimió a su lado y estiró las piernas  y brazos. Parecía un niño satisfecho tras hacer travesuras. Nerea se olvidó de todo, lo zarandeó  bastante para indicar que se iba a dar un paseo.

 

Vacaciones muy especiales. Esto es la caña. Así sí que disfruta uno con su pareja.

 

MURALLA contraportada

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