Murallas (Novela corta) – 1/3

MURALLATITULO

 

El coche metalizado en plata vieja, subido a la acera,  en la estrecha calle de dirección única,  con el motor en marcha y los intermitentes que avisaban de su infracción; hacía tiempo. Los conductores menguaban su velocidad  para no llevarse el retrovisor, y se irritaban al ver al conductor, que no era otra que Nerea.

Veía a Guillén dentro de la tienda de decoración, ajeno a todo lo demás menos a la lámpara vintage que se había comprado. Era su dinero, pero quien tenía que soportar esa antigualla era ella. Llevaba unos cinco años conviviendo y pocas veces le había permitido colgar o acondicionar la casa con algo de su gusto. “Tienes mucho que aprender antes de tener buen gusto”.  Golpeó el volante.  Había hecho una ampliación de su viaje a Lanzarote, una imagen simpática de ellos con el Timanfaya de fondo, y se quedó en el envoltorio de la imprenta. Quizás las manías de ser hijo único.  “Es una imagen hortera.” Todavía no sabía bien lo que quería decir la  palabra, ella lo había hecho porque le quería, por nada más. Odiaba su jarrón de cristal azul, su litografía impresionista-abstracta, su sillón Stark de vinilo crema, las  figuritas Ashanti… Iba a colocar su nueva adquisición en la sala de estar, para completar su simulacro de hogar de los sesenta. Lo que faltaba para convertirlo en la consulta de un psicólogo.

Nerea espera en el coche a que salga Guillén

Nerea espera en el coche a que salga Guillén

El dependiente sostuvo la puerta de la tienda para que Guillén saliera con la lámpara de metro  y medio. La pantalla, de base octogonal con trapecios naranjas y celestes, estaba protegida con papel de estraza.

— No bajes, me las arreglo solo.

Nerea volvió a cerrar sin consideración a la carrocería. Vigilaba por el espejo interior las intentonas de no hacer daño a la pieza: soplos, roces, tintineos. Guillén se acercó al lado del conductor y obligó a Nerea a desplazarse al asiento contiguo.

 

Una tarde algo aburrida de compras, pero qué se le va a hacer. No siempre se puede hacer cosas divertidas.

 

Los superhéroes habían conquistado la fortaleza del mal en el planeta del exosistema. Las naves subversivas de transporte habían explotado y ya eran polvo estelar.  Un monstruo marino serpenteaba entre los asteroides… Guillén adoraba hacer filosofía de la ciencia ficción, era su religión alternativa.

Sin quitar los ojos de la pantalla, se habían metido mano mientras los robots humanoides asaltaban una delegación comercial de más allá de Orión. Las pupilas dilatadas de Guillén quien sonreía con dientes iluminados por los fulgores de la batalla.  Sabía que por dentro de ese cuerpo de metro ochenta y dos, había un niño raro, y eso le complacía. Un niño al que le hubiera dado una patada en sus tiempos de colegio. También Guillén se fijó en que las comisuras de los labios de ella se habían acentuado, imagen clara de que estaba pensando en algo más que en la película.

Casi todos los locales del centro comercial habían cerrado; en uno bajaban la persiana, en otro se veía una luz agónica. Los guardias de seguridad flanqueaban la única salida autorizada, mirando despreocupadamente al frente, dominando todo el campo visual. Ambos se abrazaban por la cintura e hicieron una mueca, con una mala imitación de los guardias.  Habían dejado el coche en el extremo del aparcamiento. Los espacios vacíos enmarcados en líneas blancas punteaban más la distancia. No tenían prisa. Guillén no salía de viaje en dos días, y a Nerea ya no le importaba llegar un poco más tarde al trabajo.

La conversación sobre el alcance moral de la película, en sottovoce, se sazonaba con risitas llenas de doble intención.  Se acariciaban tras las orejas para provocar un respingo en el otro.  Sobrevolaban el estómago como un vuelo de reconocimiento. Se alejaban de los demás, deslizándose por el damero gris; más y más solos; la noche no tan fría como en los días pasados. Se acercaba el rumor de la autopista, atenuado por la madrugada.

Se sentaron en el capó, contemplando los últimos coches que se movían y partían, lejos de ellos. Él pasó su mano por la espalda, Nerea sintió los dedos  que toqueteaban la presilla de su sujetador. Ella colocó la mano sobre el muslo de él. Guillén se levantó, abriendo las piernas de Nerea.

— Vamos detrás de esa torreta.

La pareja fue  cogida de la mano  hasta detrás del bloque de cemento, que formaba esquina con otra construcción comercial. Se quedaron enfrentados a la autopista, con un repentino viento que quizás llegaba de las ráfagas de la circulación. Se apoyaron contra el muro. Nerea metió sus manos bajo la camiseta. Guillé abrió la blusa y fue descendiendo con su boca, le desabotonó los vaqueros y se los bajó, para volver a subir con pequeños mordiscos. La autopista murmuraba.

 

Anoche fue fantástica. Mi novio es un tío de verdad. No os digo nada para que no me tengáis envidia.

MURALLA contraportada

 

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