Murallas (Novela Corta) – 1/1

MURALLATITULO

1/1

            La zona de copas se amontonaba contra el tramo sur de la Ciudad Vieja, o también llamada, la de los Charcos, otros la apelaban “el Barrio Calado”. Ocupaba un territorio, un enclave, en la trastienda de los museos y las tiendas de recuerdos de las travesías que comunicaban los portones principales; ensanchadas  por las bombas y la especulación.

Luego quedaban los recoletos, antiguas huertas del Convento y jardines de las casas señoriales, donde se dispersaban una variedad de tribus, cada una con su casa de consejo, ajenas a todos los demás.  Eran las callejas retorcidas, a la sombra de la muralla, siempre mojadas.

Una chica de cabello castaño con mechas rubias tiritaba apoyada en una farola. Se abrazaba arropada en su parka militar de cuero, con sus gafas oscuras y su vestido de raso azul. El frío subía por sus piernas, por culpa de unas sandalias de tacón que le habían martirizado toda la noche. Ya era casi amanecer, la primera luz le sobrevolaba  sin tocarla, por culpa del reparo que era la muralla de casi cuatro metros. La ceremonia de los bares estaba concluyendo, y ella esperaba a que su novio Guillén terminara su última cerveza. Tardaba unos minutos de más. Él salió del bar y le dio un apretón al camarero, que comenzó a bajar la persiana metálica.

Nerea contra la pared

Nerea contra la pared

Guillén le dio un abrazo  al llegar a su cercanía y ella sacó una de sus manos para tomarlo de la cintura. Había sido uno de esos sábados en que ella ya estaba harta de todo, de que no sabía si volver a estudiar, de que si debía o no tomarse unas vacaciones, y le había prometido, por activa y por pasiva, que iba a dejar el trabajo en el supermercado. Entre el frío mañanero,  el poder sedante de la última copa y la presencia de Guillén, se pudo relajar por fin.

Guillén tenía otros planes. Miró hacia el parapeto y se le ocurrió la gran idea de recibir al día desde el paso de ronda. No era algo extraño que muchos supervivientes de la zona de copas, acabasen celebrando el fin de fiesta desde la muralla Sur.  Arrastró a su chica, que casi no podía subir los peldaños, levantando los pies como dos ladrillos congelados. Trepó la escalera. Sin duda el sol ya se estaba desembarazando de la  bruma, la cordillera era visible ya. A unos trece metros, en el punto en que  se iniciaba una suave curva del reparo, un guirigay se asomaba.  Guillén tiró de ella de nuevo, su abrazo se había convertido en una abrazadera. Al menos los tacones no se incrustaban en el reciente suelo de hormigón. Usando a su novia como ariete, Guillén se abrió paso en el adarve y apartó la masa de cabezas. Echando la cabeza fuera del petril, tuvieron el mejor asiento para ver lo todo.

Había una ambulancia y una patrulla de policía. Un chico de cabellos largos, rojo oscuro por culpa del rocío, se desparramaba sobre el parterre, sus miembros colocados en una forma espantosa de cruz gamada. Un logotipo de un grupo rock de los setenta del siglo veinte en su camiseta blanca. Zapas de cuadro escocés, vaquero oscuro raído…  La nariz romana con algo de caballete… Una manta dorada cubrió su cuerpo.  Presente. Así siempre lo recordará Nerea.

Guillén comenzó a hilar teorías, disquisiciones estúpidas e innecesarias; que si tenía pinta de guitarrista maldito, que si creía haberlo visto por los bares alguna vez vendiendo priva. Nerea no le prestaba atención. El frío se había convertido en hielo. Él quiso irse pero ella no pudo. Se sentía obligada a presenciar todo el proceso. Todos los expertos abrieron pasillo a una mujer, la juez. Revisó la zona y se marchó al instante.  Destaparon al chico, hicieron más fotos, lo volvieron a cubrir. Ahora dejaron paso a la camilla. Cuando devolvieron al cuerpo a la posición de firmes, para que encajara, media cara quedó expuesta. Le trasparentaban los ojos a través de los párpados. Ni aún así pudo moverse. Cuando recogieron el cadáver, Nerea se asombró del molde que había dejado el cuerpo en la hierba.  En ese instante se percató que el sol le cegaba y que Guillén se había cabreado porque no respondía a sus quejas.  Él quería evitar ir a comisaria, que le obligasen prestar declaración, quería dormir, que el lunes tenía un viaje muy largo. Nerea también se sentía cansada, no tanto por la noche de juerga.

Yo también lo vi. Una pena enorme que alguien tan joven se tire de un sitio tan alto. La vida es muy corta. Recemos por él. Lástima por la familia.

MURALLA contraportada


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